El duelo infantil: ¿cómo afrontarlo?

Blanca de la Torre

     Grandes dudas

 

Es muy habitual que el proceso de duelo de los niños por el fallecimiento de un ser querido, nos genere dudas.

 

Estas dudas devienen en preguntas tales como: ¿Se lo digo? ¿Cómo se lo digo? ¿Respondo a sus preguntas? ¿Puedo llorar delante de él? ¿Será capaz de soportarlo? ¿Realmente le afecta lo que está sucediendo? ¿Cómo sé si lo está pasando mal? ¿Cuándo se lo digo? ¿Qué le puedo explicar y que no? ¿Esto debería preocuparme?

Tendemos, por lo general, a apartar a los niños del concepto de la muerte por temor a que sufran. Nuestra propia angustia ante este tipo de situaciones condiciona la manera en la que se lo trasladamos a ellos.

El duelo infantil: ¿cómo afrontarlo?

Sabemos que es un proceso muy doloroso y nos da miedo afrontarlo, sin embargo, el sufrimiento forma parte de la vida y negarlo o taparlo solo genera aún más dolor y puede complicar el duelo, bloqueando las tareas que se deben llevar a cabo para reponerse.

 

     Qué hacer con sus preguntas

 

A partir de cierta edad los niños empiezan a interesarse por el concepto de la muerte y comienzan a preguntar  -¿El abuelo se va a morir? ¿Yo me puedo morir? ¿Papá y mamá se pueden morir?- Esta curiosidad se ha de tomar como sana, igual que otros interrogantes que nos plantean, tales como, de donde viene el mundo o si el sol se va a apagar. Esta es una gran oportunidad para ayudarles a empezar a construir el concepto de la muerte, que tardarán años en consolidar en función de su desarrollo evolutivo.

 

En estos momentos, la clave es responder con naturalidad, siempre adaptándonos a la edad y al nivel de comprensión del niño.

 

Algunos ejemplos de respuestas como -“todos los seres vivos se mueren, aunque lo normal es que primero se hagan muy viejitos”, “a veces ocurren accidentes o las personas sufren enfermedades muy graves, pero lo normal es que primero envejezcan”- nos muestran que siempre podemos tranquilizar sin faltar a la verdad.

     El concepto de la muerte

 

Para ayudar a los niños a construir el concepto de la muerte, se debe tener en cuenta el aprendizaje de otras nociones clave.

 

  • La muerte es universal, es decir, todas las personas, como todos los seres vivos, morirán, unos serán más longevos y otros menos pero sus vidas tendrán un fin.

  • La muerte es irreversible, cuando un ser vivo fallece ya no volverá jamás a estar vivo.

  • El cuerpo deja de funcionar, una persona que se ha muerto ya sufre, no percibe calor o frío, ni tampoco puede sentir dolor.

  • La muerte tiene una explicación física, por enfermedad, por accidente o porque ya era tan mayor que su cuerpo estaba muy desgastado. En este punto, conviene aclarar que hay enfermedades que tienen cura y otras que no.

duelo2.jpg

La muerte de una mascota, una planta o cualquier otro ser vivo, que haya estado en contacto con el niño, constituye una buena oportunidad para explicarle tanto lo que sucede a nivel físico (el cuerpo ha dejado de funcionar), como a nivel emocional (sentimos mucha tristeza cuando muere nuestra mascota). Además se les enseña a despedirse, hasta podemos realizar un pequeño homenaje que le ayudará a entender lo que ha significado para él.

 

La despedida es esencial para la elaboración de la pérdida.

 

Si nos encontramos en una situación en la que va acontecer una pérdida inminente o acaba de fallecer un ser querido y le hemos apoyado en la tarea de comprender estas claves, será menos traumático y más sencillo sobrellevarlo, tanto para el niño como para el adulto que le tendrá que dar soporte emocional.

     ¿Saben lo que sucede?

 

Cuando los niños no saben, pero perciben que sucede algo malo y no obtienen respuesta ante aquello que les inquieta, tienden a imaginar realidades que pueden asustarles e interpretar de forma errónea aquello que están viviendo. Por tanto, es importante estar atentos a todas las dudas que les puedan surgir y responder con calma y naturalidad, asegurándonos de usar un discurso comprensible para su edad, e incluyendo si es necesario, dibujos o ilustraciones que apoyen las explicaciones que reciban.

 

Si un niño deja de preguntar ante una situación dolorosa, deberemos revisar si en algún momento hemos impedido que se expresen para evitar su sufrimiento. Muy típicas y automáticas son respuestas del tipo -“no pienses en eso ahora”, “no estés triste” o “¿cómo se te ocurre decir esas cosas?”-. En su lugar hay que dejar la puerta abierta para que se sientan libres de preguntar cualquier cuestión que les preocupe.

 

     Nivel de pensamiento

 

Las metáforas pueden suponer un problema si el niño no ha alcanzado el pensamiento formal (en torno a los doce años), por lo que si le decimos que -“su abuelo se ha ido, nos ha dejado, está en el cielo, se lo ha llevado Dios, o se ha ido a un lugar mejor”-, puede hacer una interpretación literal, por lo que siempre debemos asegurarnos de que han comprendido esa parte figurada del mensaje.

 

Decimos que -“está en paz”- porque ya no sufre, decimos que -“está con nosotros”- porque le recordamos o decimos que -“se ha ido”- porque no le vamos a volver a ver. Existe la posibilidad de que el niño piense que su abuelo se ha ido por su culpa, o que anda por el cielo pudiendo ver todo lo que hace (en sentido literal), o que se ha ido de viaje, ¿os imagináis? Estas cosas ocurren más de lo que pensamos.

     ¿Cuándo se lo decimos?

 

Cuando alguien significativo en la vida del niño fallece o está a punto de hacerlo, el momento de decírselo debe ser lo antes posible. Ha de asumirlo una persona en quien tenga mucha confianza, con quien se sienta seguro. Una vez que dicho referente haya digerido la noticia y pueda comunicarse desde la calma y el consuelo. No es necesario soltar toda la información de golpe pero debe saber lo que ha ocurrido. El pequeño, tendrá que ir asimilándolo poco a poco e iremos completando la información a medida que vayamos atendiendo sus dudas.

     ¿Qué podemos contarle exactamente?

 

El nivel de detalle sobre el suceso, así como la complejidad de la explicación, deberán variar en función de la edad. Un adolescente ya comprende en su totalidad el significado de la muerte, pero los niños aún continúan en este proceso. Un niño de 8 años ya puede comprender lo que ocurre a un nivel concreto.

Un niño a partir de seis años ya puede participar en los ritos funerarios y a los tres, ya identifican las emociones básicas. En los primeros años de primaria ya empiezan a estudiar a estudiar las funciones vitales.

 

     ¿Cómo podemos ayudarles a expresar sus sentimientos?

 

No olvidemos que somos sus modelos. Si tras la muerte de un ser querido noso-

duelo5.jpg

tros no expresamos nuestra aflicción y tristeza, ellos tampoco lo harán. Es necesario recordar que no solo la expresión de sentimientos es sana, sino que las propias emociones son adaptativas y cada cual cumple su misión.

 

La tristeza en concreto tiene una función protectora, nos permite reflexionar, pasar tiempo con uno mismo, despedirnos, afianzar los vínculos con los que quedan y coger fuerzas para reponerse y reintegrar la pérdida. La tristeza nos ayuda a recomponernos.

 

Hay que ayudarles a entender lo que sienten y guiarles para que encuentren consuelo y protección, -“yo también estoy triste porque le echo de menos”, “a veces también me enfado porque me parece injusto”.

 

El juego, el dibujo y el  cuento son  potentes recursos que les ayudan a elaborar la pérdida, especialmente hasta los siete u ocho años. El niño puede demandar mayor atención o por el contrario pasar más tiempo sólo, cada cual tiene su forma de llevarlo.

 

Los objetos cumplen un importante papel, sobre todo para los más pequeños. Un pañuelo, un reloj, una caja de recuerdos o una foto pueden ayudar a recordar, y sentir cerca al fallecido, -“Aquí tienes la cajita de Paula, ella quería que la tuvieras tú para que la recordaras”.

 

     Saber cómo se encuentra

 

Sabemos cómo se encuentra un niño a través de su cuerpo (somatizaciones, expresión corporal) y de su comportamiento. No dispone de un lenguaje tan desarrollado como para poder expresarse sólo con palabras. De pronto aparece un tic o ya no quieren ir a un lugar que frecuentaban. Aparecen pesadillas, o algún hito superado (miedo a la oscuridad, etc.) vuelve a aparecer en sus comportamientos.

 

Los niños atraviesan el duelo al igual que los adultos, salvo que el duelo de los niños tiene sus propias particularidades. El pensamiento concreto les mantiene en el aquí y el ahora, por lo que no tienen la pérdida presente de la misma forma que los adultos.

 

Sus estados de ánimo varían en función de la actividad que estén haciendo y no perduran tanto como en el adulto. Podemos verles felices jugando o tranquilos viendo la tele y eso no significa que no les afecte, simplemente no lo tienen presente nada más que cuando algo o alguien se lo recuerda.

 

Esto puede confundir al adulto y pensar que no le ha afectado, y nada más lejos de la realidad. Los niños sufren las pérdidas.

duelo4.jpg

Algunos adultos se preguntan, cómo es posible que el niño esté preocupado por quien le llevará al colegio tras la muerte de uno de sus progenitores, ¿Cómo puede cuestionarse algo así en un momento tan duro? La respuesta es clara. El niño teme quedar desamparado y que sus necesidades no sean cubiertas, lo cual, es tan legítimo como natural. Es supervivencia. ¿Significa eso que sufre menos? La respuesta es que no, significa que siente que su mundo se hunde.

 

     ¿Podrán superarlo?

 

Los seres humanos estamos preparados para vivir la pérdida de nuestros seres queridos y sobreponernos. Nuestra vida es una sucesión de pérdidas. De no estar preparados, no hubiéramos sobrevivido como especie.

 

La propia fortaleza de cada individuo, sea niño o adulto, junto con el apoyo 

de otras figuras de apego, son los asideros a los que agarrarse hasta que se vuelve a salir a la superficie.

 

La resiliencia nos capacita, no sólo para recuperarnos de una situación traumática, además nos permite desarrollar más y mejores estrategias para enfrentarnos a otras adversidades.

 

No obstante, existen variables que podrían llegar a complicar el proceso, como por ejemplo, las circunstancias del fallecimiento, u otras que colocan a la persona en una posición vulnerable.

 

Ejemplos de esto último serían padecer una enfermedad mental, disponer de una red de apoyo escasa o inexistente, la acumulación de varias situaciones estresantes en un corto periodo de tiempo o estilos de afrontamiento desadaptativos.

 

La existencia de alguno o varios de estos factores, pueden hacer aconsejable, cuando no necesario, recurrir a la ayuda profesional. 

Centro de Psicología Aplicada Maribel Gámez

Reg. nº CS11031

Centro de Psicología Aplicada Maribel Gámez