¿QUÉ HACE EL ESTRÉS EN EL CUERPO? (I)

EL FUNDAMENTO BIOLÓGICO

Maribel Gámez, 8-10-2022

Hacia un día tranquilo, apacible, con una temperatura maravillosa de 23° centígrados. El ruido más molesto que se escuchaba era el de los pájaros jugueteando en un parque cercano. El  corazón me latía despacio y mi respiración provocaba que el abdomen se dilatara gracias al trabajo que ejercía el diafragma sobre él. Mi cuerpo estaba siendo coherente con aquella tranquilidad, sin peligros inminentes de los que protegerse ni anticipaciones mentales de quehaceres futuros que me perturbaran. Una situación inaudita, vamos.

 

De repente, sin previo aviso, esa tranquilidad se rompió. A escasos metros de donde yo estaba un sonido similar a una ametralladora abriendo fuego se adueñó de forma violenta del ambiente. El ruido fue ensordecedor.

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 Me puse de pie instintivamente, mi corazón comenzó a latir muy rápido y mi respiración se agitó, entre otros cambios. Estaba preparada para irme corriendo de allí: entré en estrés.

 

Tardé aproximadamente tres segundos en dar una interpretación consciente diferente a la que había desarrollado mi cuerpo, que me decía que podía morir producto de disparos. Y algún segundo más en darme cuenta de qué manera había cambiado mi respiración y el estado de bombeo de mi corazón. Al poco descubrí que ese ruido provenía de petardos, muchos, que habían estallado a la vez a la entrada de una iglesia, donde, al parecer estaban celebrando una boda.  Después de despotricar en compañía sobre la forma que tiene la gente de celebrar que se casa, todo volvió al estado inicial.

Todos los días, de manera o menos intensa, nuestro cuerpo cambia ante situaciones parecidas. Circunstancias que están ocurriendo o que creemos que pueden ocurrir y que son retos, de alguna manera. Ejemplos de ello son: reuniones de trabajo, que un hijo se ponga enfermo, que se estropee el coche o un inesperado aumento de sueldo. Todas ellas provocan que el cuerpo se prepare para enfrentase a ellas. De la forma que sabe, esa manera primitiva de buscar la huida, el enfrentamiento o la inmovilidad ante lo que nos amenaza. Para eso sirve el estrés.

 

Pero esa alarma no sólo se enciende cuando vivimos esas situaciones, también cuando pensamos o hablamos de ellas. Es algo que no tenemos muy en cuenta en nuestro día a día. Basta hacer un ejercicio sencillo para darse cuenta de lo que ocurre en el cuerpo gracias a nuestra imaginación.

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Pensemos en una tarta de tres chocolates, jugosa, con la parte de arriba crujiente, con ese olor a chocolate tan característico que nos adelante el placer que vamos a sentir. Esa recreación, si la prestamos atención, hará que salivemos, que el cuerpo se prepare para ingerir aquello en lo que está pensando. Pues lo mismo pasa con otras experiencias que adelantamos.  Y muchas no son tan agradables.

 

¿Qué ocurre en el cuerpo cuando detecta una amenaza real o imaginada? ¿De qué forma íntegra la información y da una respuesta? De manera simplificada puede explicarse así:

 

En un primero momento recibe, a través de los sentidos, información sobre aquello que está ocurriendo. 

En mi caso fueron los receptores auditivos los que recibieron el impacto. Casi me estalla el tímpano.

 

Esa información va directa a una estructura cerebral, el tálamo, ubicada en el sistema nervioso central conformado por el cerebro y la médula espinal. Allí se procesa la información que viene de los sentidos, lo que recibimos del ambiente que nos rodea y también de estímulos internos, como el pensamiento.

 

Ahí se recibe y se coordina para dar una respuesta conjunta con el sistema límbico, el responsable de nuestras emociones y de los recuerdos asociados a ellas. ¿Esta situación se encuentra en la “lista” de situaciones peligrosas conocidas? ¿Se está ante un evento realmente amenazante?

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Es el hipocampo la estructura del sistema límbico la que hace el trabajo de recordar el contexto donde ocurren dichas situaciones. Mientras, otra estructura, la amígdala, se encarga de poner en marcha la respuesta emocional. Imaginemos que nos atracan en una calle de Madrid. La próxima vez que pasemos por esa calle el cuerpo reaccionará con miedo, aunque no esté el atracador, gracias a que el hipocampo se encarga de recordar los detalles del entorno de las situaciones estresantes para protegernos.

 

Sin embargo, es la amígdala la que hará que nos asustemos si identificamos al que nos atracó en otro contexto que no se parezca en nada al lugar donde ocurrió el suceso. Por ejemplo, si nos cruzamos con él en un supermercado.

Si la situación merece generar esa respuesta protectora del organismo, la amígdala, gracias a sus muchas conexiones con diferentes estructuras cerebrales hace lo necesario para generar cambios corporales en respuesta a aquello que nos ha hecho reaccionar.

 

En ese momento necesitamos un buen chute de energía que prepare el cuerpo para huir el peligro, enfrentarse a él o quedarnos petrificados, procurando pasar inadvertidos cuando otros recursos no están disponibles.

 

Hay que tener en cuenta el coste que tiene para el organismo prepararse para su protección. Se necesita mucha energía y la participación de diferentes estructuras cerebrales.

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Las hormonas tienen un papel esencial en esta respuesta. Algunas son las responsables de provocar cambios visibles propios de una persona con estrés: la hipervigilancia, el nerviosismo, la irritabilidad, la respiración superficial. De eso se encargan dos hormonas que son la noradrenalina y la adrenalina. La primera la libera el locus cerúleo en el tallo cerebral y la segunda actúa a través del sistema nervioso simpático, el encargado de generar la respuesta de estrés que libera adrenalina gracias a su conexión entre el tronco encefálico y las glándulas suprarrenales.

Por otro lado, se dan cambios que no vemos pero que son vitales para nuestra supervivencia, como la liberación de grandes cantidades de glucosa.

La hormona más conocida que participa en la respuesta de estrés es el cortisol. Tiene una virtud, que puede detectarse en sangre y así  se puede saber si una persona está viviendo niveles de estrés elevados o no. El cortisol hace que aumente la glucosa, utilizando para ello proteínas y grasas del organismo que degrada. Como cualquier sistema de emergencia, deja inhabilitados otros sistemas y funciones para estar a pleno rendimiento en la tarea de sobrevivir. El sistema inmune, el reproductivo y el digestivo ya no trabajan como en estado de reposo.

 

¿Qué ocurre cuando nos damos cuenta de que la amenaza no era tal? En mi caso, cuando fui consciente de que solo eran unos petardos y no una ametralladora aquello que sonaba, mi cuerpo comenzó a cambiar.

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Igual que hay mecanismos para activar el cuerpo los hay para desactivarlo. En ese proceso también están involucradas comunicaciones electroquímicas entre las neuronas, mediante neurotransmisores como el GABA y la serotonina, que indican al organismo que puede volver a su estado de reposo.

 

Las pulsaciones bajan, el corazón late más despacio, los músculos se relajan y volvemos al estado anterior gracias al sistema nervioso parasimpático, la contrapartida del simpático del que hablaba antes.

Sin embargo, si el estrés no cesa y la respuesta de activación se mantiene en el tiempo esta tendrá consecuencias muy negativas para quien lo vive, ya que desgasta al organismo.

Existen numerosos problemas que llevan asociados las situaciones prolongadas de estrés: dificultades de concentración y atención, o problemas de sueño y memoria, entre otras.

 

La función del psicólogo, en este caso, es ayudar a la persona que sufre estrés a disminuirlo o eliminarlo cuando empieza a causarle problemas.

 

¿Cómo lo hace? El psicólogo se dedica a reeducar los tres sistemas que conforman el organismo para que dejen de responder ante amenazas imaginarias poco realistas.

 

Lo contaremos en otro post.

¿Sabías que...

…se llama estrés a la respuesta de adaptación general del organismo ante situaciones que considera retos?

Dependiendo de la clase de reto lo etiquetamos como ansiedad (anticipación negativa sobre el futuro), miedo (ante algo físico como el ataque de un perro), angustia (sensación indeterminado de incertidumbre hacia el futuro) y estrés o carga de tareas excesiva para el organismo.