¿Y TÚ? ¿SABES CUIDARTE?

Blanca de la Torre, 9-7-2022

Cuando hablamos sobre autocuidado, es frecuente que nos venga a la cabeza todo aquello relacionado con nuestra salud física, sin embargo se trata de un concepto mucho más amplio que se refiere a aquellas prácticas cotidianas y a las decisiones sobre ellas, que realiza una persona, familia o grupo para cuidar de su salud.

 

Estas prácticas son destrezas aprendidas a través de toda una vida, de uso continuado, que se emplean por propia decisión con el propósito de fortalecer o reestablecer la salud y prevenir la enfermedad (Tobón, 2003).

¿Y tú? ¿Sabes cuidarte? Centro de Psicología Aplicada Maribel Gámez

Esas habilidades comprenden desde aspectos relacionados con el cuidado físico; tales como hacer ejercicio, descansar lo necesario, comer de forma adecuada, cuidar la higiene y el aspecto y tener unas rutinas saludables; hasta saber relacionarse con uno mismo y con los demás desde el respeto, la comprensión y la amabilidad controlando los propios límites y los ajenos.

En el artículo que nos ocupa nos vamos a centrar en la parte más relacionada con la mente, sin intención de separar mente-cuerpo puesto que somos un todo interconectado que trabaja de forma conjunta con el objetivo de adaptarnos con nuestros recursos, a las exigencias del entorno en el que vivimos.

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Muchos de nosotros estamos acostumbrados a vivir en automático, centrados en las demandas del día a día, sumergidos en bucles de pensamientos sobre lo que tenemos que hacer o lo que tendríamos que haber hecho. Envueltos en dinámicas tóxicas incluso desde hace años con nuestra pareja, familia, trabajo o amistades sin que seamos siquiera conscientes de ello.

Normalizamos actitudes y conductas que distan mucho de serlo, pero al final lo habitual se convierte en lo normal, hasta que un buen día estamos exhaustos, aparecen síntomas de ansiedad o nos despertamos por la mañana sin saber si lo que estamos haciendo nos identifica, o si simplemente nos hemos limitado funcionar durante meses o incluso años.

Conviene hacerse un pequeño chequeo de vez en cuando para ver cuáles son las zonas de malestar.

  • ¿Cuánta importancia le atribuyes a tu cuidado físico?

  • ¿Identificas y atiendes tus propias necesidades?

  • ¿Cuál es tu concepto sobre ti mismo? ¿Tienes claras cuáles son tus fortalezas y tus limitaciones?

  • ¿Te cuesta pedir ayuda?

  • ¿Planificas actividades que te gustan?

  • ¿Tus vías de escape podrían considerarse de alguna manera sanas o autodestructivas?

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Algunos vivimos forzando la máquina, como si fuéramos un vehículo que está constantemente hiper-revolucionado, llenando el saco hasta que se desborda y no podemos con él. Otros evitamos implicarnos demasiado, quizá con el objetivo de evitar el sufrimiento, quizá porque es más fácil dejarse llevar que tomar decisiones a pesar de que a la larga pueda suponer un problema. Cada cual pone en marcha sus mecanismos hasta que dejan de resultarle útiles y decide adquirir mejores formas de afrontamiento.

 

Entonces… ¿Cuándo y cómo debemos empezar a cuidarnos?

  • ¿Sueles anteponer las necesidades de los otros a las tuyas?

  • ¿Alguna vez paras y revisas cómo te encuentras? ¿Te tomas respiros?

  • ¿Sabes defender tus derechos y pones en práctica esta habilidad cuando es necesario?

 

Aumentar la conciencia sobre nuestro estado físico (tensión muscular, forma de respirar, sensaciones internas) cognitivo (pensamientos, lo que me digo a mí mismo), emocional (lo que siento) y conductual (lo que hago) así como de lo que sucede a nuestro alrededor, supone una de las principales claves para empezar a poner en marcha estrategias de autocuidado y para ajustarnos de forma más eficaz a todo aquello que sucede y nos afecta, tanto dentro como fuera de nosotros.

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Cuantas veces estamos enfadados y ni si quiera sabemos por qué, o nos duele la cabeza y no nos damos cuenta hasta que la molestia es insoportable, o revisamos si lo que estamos haciendo realmente funciona para solucionar un problema. ¿Cuántas veces nos paramos a observar un árbol que ha florecido o nos detenemos a sentir el aire fresco en la cara? ¿Observamos lo que sucede dentro y fuera de nosotros mismos? ¿Prestamos atención a lo que nos dicen nuestros sentidos? ¿Prestamos atención a lo que nos dice el cuerpo?

Puede ocurrir que no queramos estar atentos a determinadas señales porque no estamos preparados para asumir una decisión que implica cambiar algo que no nos hace bien pero donde estamos cómodos (más vale lo malo conocido…)

También es importante reconocer esto sin juzgarse, sino dándose tiempo hasta sentirse preparado para hacerlo. A veces hay que ir poco a poco.

 

Una vez que somos capaces de detectar e interpretar esa información ya podemos introducir cambios para mejorar. Quizá necesitemos aprender alguna técnica de meditación, a decir “No”, premiarnos con un elogio de vez en cuando, pasear un poco más cada día, aprender a tomar decisiones, tomar perspectiva, ir más despacio, tener claras las cosas que podemos controlar y las que no, o recurrir más veces a esas personas que pase lo que pase siempre están ahí para apoyarnos.

¿Sabías que...

... aquejados por la hipertensión, el estrés y las exigencias de las grandes ciudades, millones de japoneses bajan al bosque y toman un espacio de su semana para guardar silencio en medio de las áreas verdes como una práctica sanadora, lo llaman la inmersión forestal o shinrin -yoku (National Geographic).

Quizá necesitemos ir al médico, al psicólogo o al fisio, o aprender a invertir mejor nuestros recursos económicos o nuestra propia energía. Quizá no haya que hacer nada más que observar y aceptar.

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