La locura a través de los siglos (y VII)

El S. XX, siglo de la reforma psiquiátrica y la rehabilitación psicosocial

Juan Fernández Blanco

Durante este siglo se forja una concepción biologicista sobre los trastornos mentales graves. El representante más eminente fue Emil Kraepelin (1856-1926). Utilizó la expresión demencia precoz para nombrar lo que hoy llamamos problemas del espectro de la psicosis. Pero no fue él quien primero empleo esta expresión. Kraepelin la tomó de Augustin Morel (1809-1873) que ya hacía uso de ella en 1860.

Otro grande de la psiquiatría, Eugen Bleuler (1857-1939), fue quien, en 1911, acuñó el término esquizofrenia. Bleuler entendía que este término era más apropiado, y riguroso, que demencia precoz para referirse a lo que le pasaba a las personas aquejadas de locura.

 

Esquizofrenia viene del griego clásico. Palabra compuesta por Scizein, que significa escindir, romper, hendir, dividir, y phren, que significa mente, razón, entendimiento. Por tanto, decir esquizofrenia es decir mente escindida, razón rota. Mente escindida, dividida, entre la cordura y la locura. Razón rota por la enajenación.

Emil Kraepelin, autor de Compendio de psiquiatría
Eugen Bleuler, autor de Demencia precoz o el grupo de las esquizofrenias

Los partidarios de la corriente biologicista entendían que la causa de la locura reside en el mal funcionamiento de determinadas estructuras del cerebro. No niegan la presencia de factores comportamentales o sociales en la explicación de la patología mental. Lo que ocurre es que, para ellos, son reactivos o secundarios a una alteración biológica de base.

El “biologicismo” pretendió asemejar la concepción de la locura y su tratamiento a otras prácticas y especialidades médicas. No es de extrañar entonces que las cadenas, las camisas de fuerza, el hacinamiento, la mala alimentación, el trato denigrante y otras lindezas, que caracterizaron épocas pretéritas, fueran cayendo en desuso aunque fuese muy lentamente. Si lo que se pretendía era buscar el modo de curar la locura,  y devolver al loco a una vida normal, esos procedimientos coercitivos y denigrantes, heredados de antaño, no servían.

Los tratamientos consecuentes con el planteamiento “biologicista” fueron, entre otros, los comas insulínicos, los electrochoques, o terapia electroconvulsiva, la lobotomía y, más avanzado el siglo XX, la psicofarmacología.

A principios del siglo XX, no se concebía tratamiento alguno que no quedase recluido dentro de los muros del frenopático. Fue a partir de la década de 1910, cuando muchos psiquiatras comenzaron a replantearse su función y a expresar públicamente la necesidad de reformas asistenciales.

 

Tales reformas tenían que ver con emplear tratamientos que pretendían impulsar un desarrollo científico de la psiquiatría, como los tratamientos farmacológicos y la psicoterapia, y con comenzar a atisbar que tal vez fuese necesario sacar la enajenación y a los enajenados de entre los muros de los nosocomios.

Poco a poco iban creándose las condiciones para que hiciese acto de presencia el movimiento antipsiquiátrico. David Cooper fue quien así lo bautizó. Junto con Laing, encabezan este movimiento como figuras más eminentes y representativas. Cuestionaban la existencia de la enfermedad mental y por tanto rechazaban los tratamientos psiquiátricos convencionales.  

Terapia electroconvulsiva
Camisa de fuerza

A mediados de siglo, la teoría antipsiquiátrica ya se había vertebrado en torno al rechazo de la exclusión social y del internamiento de los afectados, así como del cuestionamiento de las prácticas terapéuticas al uso: electroshock (practicada por Ugo Cerletti en 1938), comas insulínicos (practicado, en 1932 por Manfred Joshua Sake), termoterapias de choque, lobotomía (practicada por primera vez en 1936 por Egas Mniz), etc. Los defensores de la antipsiquiatría las rechazaban, aunque alguna hubiese mostrado cierta eficacia.

En 1950, los científicos franceses Deniker, Leborit y Delay descubren la clorpromacina, abriendo, de par en par, las puestas al tratamiento farmacológico. El descubrimiento y uso de los psicofármacos dará un giro copernicano a las posibilidades de atención y tratamiento de las personas que sufrían trastornos mentales graves. Los neurolépticos demostraron, en una gran mayoría de casos, ser eficaz para la extinción o el control de los llamados síntomas positivos. Su uso se terminó generalizando, a pesar de los importantes o incluso graves efectos secundarios que presentaban.

Tal vez la farmacoterapia no sea ajena, ni indiferente, a la aparición en Estados Unidos, allá por 1963, del llamado movimiento de reforma psiquiátrica o desinstitucionalización. Son varios los factores que concurrieron para posibilitarla: a) las lamentables condiciones en las que se encontraban las personas ingresadas en los hospitales psiquiátricos; b) la escasísima y muy limitada eficacia de los procedimientos técnicos y de cuidados arbitrados desde estos hospitales; c) los rasgos nosocomilaes que presentaban los internos; d) la posibilidad de dar una respuesta eficaz a los delirios y las alucinaciones;  y e) los movimientos ciudadanos en pro de los derechos civiles y humanos surgidos tras la Segunda Guerra Mundial.

Con la reforma y la desinstitucionalización la hospitalización psiquiátrica pierde su papel prominente como respuesta a la cronicidad. El eje de atención se desplaza de lo institucional, paternalista, asilar y custodial, a la persona afectada, a su familia y a la comunidad. A partir de ese momento y desde esas premisas, se deberá potenciar el mantenimiento e integración de las personas que sufran trastornos mentales severos y recurrentes en la comunidad.

David Cooper, autor de Psiquiatría y antipsiquiatría
El primer psicofármaco: la clorpromacina

Esa integración habrá de ser lo más autónoma y normalizada posible. El rechazo a la institucionalización ni era caprichoso, ni un modismo. Respondía a la evidencia de que periodos largos de internamiento en instituciones psiquiátricas, provocaba marginación, deterioro y cronificación.

Sólo sería posible llevar a término estos principios y propuestas, si se creaba una adecuada y amplia red de servicios y programas que diesen respuesta a las distintas y particulares necesidades de las personas con una problemática grave de salud mental. Los Centros y programas de rehabilitación psicosocial deberían ser uno de los servicios y programas con más peso e importancia de esa red. 

La rehabilitación psicosocial se propone entonces, como una de esas prestaciones básicas. Desde la década de los sesenta del siglo pasado se ha convertido en un elemento central e imprescindible de la atención comunitaria a las personas afectadas por un trastorno mental severo.

Tiene sentido cuando estas personas han perdido las competencias y habilidades necesarias para desenvolverse de forma normalizada y autónoma en los asuntos comunes y corrientes de la vida cotidiana. Por ejemplo, sus hábitos de alimentación y sueño están desordenados; tienen problemas en aseo y autocuidados; sus habilidades sociales son deficitarias; se sienten incapaces de estudiar o trabajar, etc.

Los profesionales, conjuntamente con estas personas y con sus familiares, ponen en marcha un proceso que pretende recuperar aquellas habilidades y capacidades que hagan posible un funcionamiento normalizado, desproblematizado y autónomo en todo aquello que compone el día a día (aseo, alimentación, sueño, convivencia familiar, ocio, relación con los demás, utilización de recursos comunitarios, trabajo, estudios, etc.).

La salud mental comunitaria en general y la rehabilitación psicosocial en particular, deberían cerrar las puertas a los tratamientos institucionalizadores. La salud mental comunitaria en general y la rehabilitación psicosocial en particular, deberían abrir las puertas a la recuperación de una vida normal en comunidad.

Área de Rehabilitación Psicosocial de Asaenec

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