La locura a través de los siglos (II)

De la Grecia clásica a la cultura musulmana

Juan Fernández Blanco

Concebir la locura como dolencia orgánica localizada en el cerebro, como un avatar propio de la condición humana, identificaba el pensamiento dominante en la Grecia clásica. De ese modo de entender las enfermedades mentales fueron deudores tres de los más grandes e influyentes filósofos de la historia de la humanidad, Sócrates (469-399 a.c.), Platón (427-347 a.c.) y Aristóteles (384-322 a.c.). Ninguno de los tres perdió demasiado tiempo volviendo su mirada a los dioses. Defendieron que la razón, el espíritu, las pasiones y el alma son los constituyentes de la psique.

Al exaltar la mente y valorar el orden y la lógica, delimitaron  el problema de lo irracional. Cuando la razón se nubla y las pasiones se desatan sin el control de la razón, la locura aparece. Lo irracional (la sin-razón) es todo lo que no se somete a lo que está cabalmente ordenado, es todo lo que se sustrae a lo lógico.

En el caso de Aristóteles, desde una posición de sistematización de la naturaleza, definió al hombre como una animal racional. Como el animal cuyo bien más preciado 

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y diferencial es la razón. Del posicionamiento aristotélico bien se puede inferir que cuando se pierde ese bien tan preciado, que te hace diferente al resto de los animales, cuando te quedas sin-razón, es cuando enloqueces. Siguiendo esta estela se diría que locura no es más que sin-razón extrema. El orate, pues, es el ser al que la razón se le extravía. La locura, pues, es la irracionalidad extrema a la que la sin-razón conduce.

Esta mirada con la que los tres filósofos griegos ven la locura la hace descender del cielo de los dioses, donde la habían llevado las culturas mitológicas, a la naturaleza de los hombres. Aún siendo estos principios compartidos mayoritariamente por la sociedad de entonces no había en torno a la folía y a quienes la padecen, como tampoco la hay hoy, una perspectiva univocaba. Al menos dos corrientes coexistían enfrentadas a la hora de proponer el modo y la manera de tratarla. Por una lado estaba la corriente humanista y por otro, en la antípoda, se situaba la corriente cruel.

Como figura más señera de la corriente humanista habrá que nombrar a Sorano de Éfeso (siglos I-II a.c.). Decía este señor que los aquejados de frenitis no deben ser ni encerrados ni encadenados. Muy al contrario, deben ser tratados con paciencia y amabilidad.

Aulo Cornelio Celso, oponía su teoría cruel a la teoría humanista. Defendía que no eran paciencia ni amabilidad virtudes terapéuticas para este mal, pues su control sólo podía ejercerse desde el encierro, las palizas y las cadenas.  No se escandalice nadie rasgándose las vestiduras al leer 

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propuestas tales. No lo haga nadie ya que, más de dos milenios después todavía no hemos podido superar, en sentido estricto, ni los encierros, ni las cadenas. Actualizados, modernizados, investidos de narrativas más políticamente correctas, en la actualidad, se siguen utilizando ambos recursos. Claro está, nada tiene que ver el encierro de entonces con los ingresos psiquiátricos o la institucionalización en hospitales psiquiátricos de ahora. Faltaría más. Pero ingresar e institucionalizar, salvando las distancias, no deja de ser encerrar. Si se mete a alguien en un lugar del que no puede salir se le encierra. Esto, y no otra cosa es lo que ocurre cuando se ingresa a un paciente. Lo que diferencia al presente del pretérito son los motivos del ingreso, lo que ocurre durante el ingreso y las garantía, legales y sanitarias, con las que hoy cuenta un ingresado. No se quiere aquí cuestionar la bondad o conveniencia de los ingresos psiquiátricos. Lo que se quiere es poner de manifiesto la continuidad en el tiempo, más de dos mil años, del encierro como medida terapéutica o de control.

Respecto de las cadenas ocurre algo similar. La sujeción o inmovilización de una persona en crisis o extremadamente agitada sigue siendo una realidad. No hace falta 

decir que no son cadenas lo que se utiliza para inmovilizar. Las correas han ocupado su lugar. Tampoco hace falta decir que los motivos, las condiciones y los controles de la actualidad nada tienen que ver con el pasado. Pero no es menos cierto que aún no se ha encontrado el modo de erradicar este procedimiento de la práctica psiquiátrica.

Mírese como se mire, Grecia introdujo rigor y sensatez donde había superchería e ignorancia. Grecia, como en tantos otros asuntos, sentó las bases para una comprensión más científica  de la locura y un tratamiento, de la misma, más atinado y eficaz. Pero ironías de la historia, el logos no pudo vencer definitivamente al mito, la evidencia no se pudo imponer definitivamente a la creencia. La cultura y la civilización helena, siendo tan poderosas como eran, no fueron lo suficientemente fuertes e influyentes como para superar, respecto de los trastornos mentales, planteamientos sobrenaturales y taumatúrgicos.

Si volvemos la mirada hacia los textos sagrados, escritos entre el 1450 y 1500 a.c hasta el 100 d.c., bien se puede observar cómo, en la tradición escrita,  se fue alimentando poco a poco, una visión de la amencia, y de quienes la sufrían, estigmatizante, prejuiciosa y falaz. Visión que, como es sabido, ha recorrido la historia antigua, la moderna, y sigue recorriendo la contemporánea.

Los hebreos, en el libro de Samuel, explicaban que la locura de Saúl estaba causada por un genio maléfico enviado por Jehová para castigar la impiedad del rey. Si leemos el Deuteronomio, libro bíblico de cristianos y de hebreos, hallaremos en sus páginas narraciones similares. Antes de aludirlas, recordar que en la bibliografía cristiana el Deuteronomio es el último texto del Pentateuco, libro del Antiguo Testamento. En la literatura hebrea es el último texto de la Tora, la ley o enseñanza de Dios, perteneciente al libro bíblico del Tanaj. Libro análogo, por no decir idéntico, al Antiguo Testamento cristiano. Pues bien, en el Deuteronomio se lee textualmente, "Yave te herirá de locura". En otro pasaje del Antiguo Testamento se narra cómo Dios castigó a Nabucodonosor reduciéndolo a un estado de locura bestial. Caigamos en la cuenta de la advertencia que en estos textos se hacía a impíos y descreídos para que no tentasen su suerte con fugas  heréticas, ya que la ira de Dios podría caer sobre ellos en forma de lunatismo.

Habrá que esperar cinco siglos para que la corriente humanista vuelva a estar presente en la historia (siglo VII) de la mano de la cultura musulmana.

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