La locura a través de los siglos (III)

De los musulmanes a la hegemonía ideológica del cristianismo

Juan Fernández Blanco

Los musulmanes continuaron la tradición inaugurada en la Grecia Clásica aproximadamente trece siglos antes. Aunque en su historia, como ocurrió en el mundo occidental, también se han dado explicaciones metafísicas y sobrenaturales de la enajenación mental, pronto convivió con ellas una concepción más pegada a lo natural y a lo realmente existente. En la cultura musulmana el concepto de locura (machnun) no era unívoco, quedando entonces abierto a una pluralidad de significados. Esa polisemia no siempre alejaba su explicación de la tradición clásica. En su forma cultural  más acertada y evolucionada se decía que los distintos modos de enloquecer, las distintas formas que toma la locura, hallaban su causa en la pérdida de la razón (la aql). Ninguna fuerza sobrenatural interviene, pues la pérdida de la aql tiene que ver con un cerebro que no funciona como debiera. El lunatismo no estaba causado por cosa distinta a una lesión cerebral. Tal vez por eso pensasen ellos que el profeta había advertido, "los frenéticos son gratos a los ojos de Alá".

La vieja teoría humoral también se deja sentir en la concepción musulmana de lo que 

Avicena (980-1037) ha de citarse como una de las figuras más relevantes e influyentes. Con estos antecedentes organocéntricos, poco a poco y por lógica, se irán medicalizando los desordenes mentales hasta llegar a los siglos IX y X donde cogen verdadero auge con la proliferación de los hospitales. Pero se debe viajar un poco más atrás en el tiempo, hacia el siglo VIII, si se quiere hallar la fundación del primer maristán. En al-Andalus, sólo se tiene constancia del construido en Granada en el siglo XIV durante la dinastía nazarí. Este maristán estaba dedicado preferentemente al encierro y tratamiento de los locos.

Pero la historia de la locura dará un giro a partir de los siglos IV y V. Con la hegemonía ideológica del cristianismo, queda cegada esa visión más atinada sobre la enfermedad mental que inauguraron los griegos y continuaron los musulmanes. En la era cristiana,  a diferencia de la filosofía griega, no es la razón la esencia del hombre sino la fe (credo qui absurdum/creo precisamente porque es absurdo). Vuelve de nuevo a preponderar una visión sobrenatural de la etiología de la locura.

Los cristianos proclamaban que no era una dolencia orgánica lo que causaba insania. Cuestionaban que el devaneo fuese consustancial a la humana existencia. Lo que sí es consustancial a ella es el pecado. Por eso, el pecado y la perversión de la moral religiosa terminan causando chifladura. La debilidad moral de la persona, en forma de ateísmo, blasfemia o exceso de religiosidad mal entendida, por poner tres ejemplos, es la culpable de su locura. Es el triunfo del diablo sobre  El Espíritu Santo en la continua lucha que mantienen por la posesión del alma. Desesperación, angustia y otros síntomas de los trastornos mentales son señales que indican que la “psicomaquia” se inclina del lado del maligno. El loco, no puede por más que ser asimilado a pecador, a poseído, a endemoniado.

 La palabra loco parece que se empezó a utilizar en la edad media (siglos V al XV). ¿Quién era loco por entonces? Todo aquel que tanto se alejase de lo establecido, que no se supiese cómo entenderlo o tratarlo. El loco es en sí y por sí la expresión del defecto moral. Sobre él mandan las fuerzas del mal que lo enajenan y pervierten. El loco es peligroso pues en él se encarna el maligno. A consecuencia de lo que es, y de lo que él supone, ha de ser apartado, excluido, eliminado.

Pero la represión del estúpido parece que no siempre respondió a la estolidez  ideológica. En más de una ocasión se ha especulado con que la coerción ejercida sobre el orate, también pudiese tener un trasfondo económico. Se le dan vueltas a la teoría economicista que sugiere que en aquel tiempo, tal vez como en este, todo lo que no engranase bien en la estructura económica, surgida entonces del equilibrio entre el poder de la Iglesia y el poder de los señores feudales, era eliminado o puesto a buen recaudo.

Igual así, entre el economicismo grosero y la estupidez deletérea, se fue incubando el humus germinador del "delirio" medieval que, en un desatino mayúsculo, conectó a demonios, brujas y seres humanos en un pacto enloquecedor. Quienes estaban llamados al control coercitivo de las conductas desviadas, los censores inquisitoriales, proclamaron que sólo los procedimientos espirituales basados en exorcismos, misas y peregrinaciones a sepulcros santos, podían, en el mejor de los casos, deshacer ese frenético trato. En el peor de los casos, y por el bien de la humanidad, se hacía ineluctable, según el juicio de clérigos tan necios como doctrinarios, encender el fuego purificador de las hogueras. A ellas se condenaba a desviados de la norma impuesta por la Iglesia que pretendía regir, sin titubeo ni concesión a la diferencia, un modus vivendi único y excluyente.

Hasta aproximadamente mediados del siglo XVII fueron condenadas a morir en la hoguera entre 60.000 y 5.000.000 de personas, la mayoría mujeres, acusadas de tener tratos con Satanás. El habla disparatada y los comportamientos descontrolados eran síntomas suficientes para diagnosticar de brujería.

Las condiciones necesarias para desatar  una caza de brujas ya estaban creadas. Las nigromantes debían ser abrasadas en una pira exorcizante pues un pacto con Belcebú les había investido de poderes mefistofélicos.

Fueron tantas y tan horribles las ejecuciones, tantas y tan dramáticamente disparatadas las sentencias del tribunal inquisidor, que terminaron provocando escepticismo  en el establishment político y en la ciudadanía. Parece que la historia, con su versatilidad contradictoria, nuevamente va a girar.

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