La locura a través de los siglos (IV)

De la era cristiana a la edad de la razón

Juan Fernández Blanco

La etiología de la locura no solo se imputó, en el Occidente cristiano (siglo XIV), a demonios posesionados de la mente y el cuerpo sino también a la piedra de la locura y a la influencia de algún cuerpo celeste, por ejemplo, la luna. Se pensaba que la formación de estructuras minerales dentro de la cabeza presionaban el cerebro alterando su normal funcionamiento o generando una disfunción neural que conduciría a la frenitis. Las trepanaciones eran el remedio más utilizado. Se practicaba una apertura quirúrgica en el cráneo del trastornado para así poder extraer la piedra que le volvía loco. Respecto a la etiología basada en los cuerpos celestes, decir que la creencia del influjo de la luna llena en el necio ya se halla en Aristóteles. El discípulo de Platón sugirió que si el cerebro era uno de los órganos del cuerpo más húmedo, no era de extrañar que estuviese gobernado por la luna del mismo modo que la luna gobernaba las mareas.

Pero como nunca ha habido univocidad en la historia, sino más bien contradicción dialéctica, en el Medievo también se dejó sentir  una medicina basada en las ense-ñanzas hipocráticas sistematizadas por Galeno y Areteo. Éste último puede que haya

El Bosco, 'Extraccion de la piedra de la locura'

sido quien primero describió y definió lo que ahora son los trastornos bipolares y antes eran las psicosis maníaco-depresivas.

El lento e imparable caminar de la historia comenzaba a verse influido por un movimiento cultural, filosófico y científico de renovación y cambio. La ideología humanista se va difundiendo con arraigo por toda Europa alentando una nueva concepción del hombre, y de todo lo que a él atañe, y también una nueva concepción del mundo.

Juan Luis Vives

El teocentrismo dogmático de la época medieval es sustituido por una suerte de antropocentrismo. El Renacimiento (siglos XV y XVI) hace acto de presencia en la historia. Con la llegada del Renacimiento, cómo no, parece renacer cierta sensatez y ponderación. Al menos ya no se hacen invocaciones metafísicas para explicar la locura y no se aplican, para tratarla, remedios análogos a “la solución final”. Intelectuales, especialmente médicos y literatos, y artistas, especialmente pintores, se conjuran contra la Inquisición  genocida. Las causas sobrenaturales vuelven a ser cuestionadas. Es el caso de Juan Luis Vives (1492-1540), padre de la psicología y uno de los máximos exponentes del humanismo renacentista, quién negará rotundamente el origen sobrenatural del mal psíquico. Se retoma de nuevo la senda trazada por la Grecia clásica y se vuelve la mirada hacia lo orgánico. Desequilibrios humorales, arquetipos y somatotipos constituían, en primera instancia, las causas naturales del enloquecimiento.

Sería faltar a la verdad no reconocer que en esta época histórica, desde otro ángulo, también se invoca el mal como motor de la locura. Vuelve en el Renacimiento, como ya antes volvió y después volverá a lo largo de la historia, a observarse contradicción y

ambigüedad en el modo de entender la patología mental. Siglo tras siglo, una y otra vez, la locura ha ido asociándose tercamente con distintas formas de maldad. No nos puede entonces extrañar el arraigo que aún hoy tienen, incluso en las sociedades más desarrolladas y avanzadas, ciertos valores prejuiciosos y ciertas afirmaciones estigmatizantes sobre los trastornos mentales y las personas que los padecen. Tras siglos y siglos de ininterrumpida reiteración, las falsas creencias y los estereotipos dañinos han terminado por adherirse,  con exagerada contumacia, a las vísceras del ideario colectivo.

Cierto es que, en esta época, termina imponiéndose una comprensión del enloquecimiento más cercana a lo natural que a lo sobrenatural. Ya no se entiende la melancolía como el efecto provocado en los seres humanos por quimeras demonológicas y  malignidades, y sí como un trastorno físico ligado al cerebro.

La locura es cosa somática, es una afección de la cabeza. Ese infierno íntimo no procede de fuera sino que está en el propio ser humano. Postulado que se compadece con el dominante antropocentrismo renacentista. El ser humano, colocado en el centro de todo, es un ser libre y soberano. Por eso puede alcanzar las hazañas más excelsas y las miserias más absolutas. No se busque ni en dioses ni en demonios lo que ha de encontrarse en su organismo. Incluso, algunos eruditos renacentistas fueron adelantados a su tiempo al darse cuenta de que entender la locura pasaba por la observación y el análisis del nicho ecológico humano.

El humanismo, que vertebra el pensamiento y la ideología renacentista, alienta la proliferación de nosocomios como lugares donde dispensar una mejor atención y a la vez proteger a los enfermos mentales. Suponían que la vida de los cuerdos era hostil al trastornado. Ergo, el manicomio era un lugar para su protección. Pero no menos cierto es que también pensaban que la vida del loco era hostil para el cuerdo y su asilo manicomial protegía a la sociedad de su grilladura.

Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, conocido como Paracelso

No se ha de dejar de citar a Paracelso (1493-1541), que como buen renacentista no se conformaba con dedicarse sólo a una cosa. Alquimista, boticario, astrólogo, estudioso de la minerología, médico que preocupado por saber de la locura y remediar al loco de su mal, le dio un día por escribir un tratado que lleva por título “Sobre las enfermedades que privan de la razón”. En él describe cuatro tipos de trastornos de la mente. La epilepsia, la manía, la locura verdadera, el baile de San Vito y el sofocatio intellectus. A su vez, clasifica a los locos verdaderos en lunáticos, insanos, vesánicos, melancólicos y obesos. La irracionalidad, para él,  ni la enviaba Dios, ni la provocaban los demonios. Era desarreglo que llegaba cuando la naturaleza humana terminaba por perturbarse.

Bien se puede cerrar esta etapa diciendo que el pensamiento humanista de figuras tan influyentes como Erasmo de Rotterdam, Antonio de Nebrija y el ya mentado Juan Luis Vives y escritores, no menos influyentes, como Dante, Petrarca o Boccacio, hacen que en El renacimiento se sienten las bases sobre las que iba a levantarse el predominio de La edad de la razón y  de El siglo de las luces.

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