La locura a través de los siglos (VI)

Del enciclopedismo a la contemporaneidad

Juan Fernández Blanco

Dejábamos el siglo XVIII con planteamientos que cuestionaban que la naturaleza de la persona enloquecida fuese humana (la  locura como una forma de animalización), y cogemos el siglo XIX como un siglo en el que debutan la psiquiatría, la psicopatología y la psicoterapia. Durante este siglo, conviven, como ocurrió en otros momentos de la historia, modos distintos de entender el trastorno mental. Unos, para explicarlo, recurren a hipótesis organicistas. Otros, van más allá afirmando  que la personalidad, las emociones y las vivencias interiores no son asuntos ajenos al enloquecer.

Esta variabilidad a la hora de entender la locura, sin que se quiera decir que no haya habido coincidencias y similitudes, o que lo propuesto en un periodo no vuelva a reaparecer en otro, quizá esté en función  tanto del paradigma hegemónico, en medicina y en psicología, como de los factores sociales y culturales determinantes del contexto histórico en el que vieron la luz y se desarrollaron este o aquel otro paradigma.

En este siglo aparecen dos escuelas bien diferenciadas: la espiritualista y la organi-cista.

Juan Bautista Peset Vidal
Juan Giné y Partagás

Los autores espiritualistas consideraban que la enfermedad mental era una enfermedad del alma, del cogito (concepto acuñado por René Descartes), por lo que el estudio de los fenómenos psicológicos debía ser independiente del sustrato material. No se olvide que psiquiatría significa curación del alma (del cogito). Pues bien, este señor, Descartes, que por cierto, tiene el honroso título de ser padre de la filosofía moderna, dijo que el cogito, es lo que nos diferencia de los animales que son pura extensión (sustancia material o mecánica orgánica). Lo que se perturba entonces, lo que se pierde y por eso te hace enfermar, trastornarte, es el cogito, el alma, aquello que nos hace únicos y diferentes, dado que la extensión (lo orgánico) nos iguala al resto de los animales.

A la luz de estos postulados cartesianos, tal vez se pueda entender mejor porque en el siglo XVIII defendían que la locura era algo así como un viaje a la mera animalidad. Decían esto porque suponían, influidos por las teorías cartesianas, que la pérdida de la razón, del alma, del cogito, te asimila a los animales, en tanto que tan sólo te deja la parte de ti que a ellos te iguala (las res extensa, la sustancia material o mecánica orgánica).

Por el contrario, los autores organicistas establecían un paralelismo entre los trastornos orgánicos y los fenómenos mentales patológicos. Es el mal funcionamiento de alguna estructura cerebral lo que nos hace enloquecer, decían. Aseguraban que es el cerebro perturbado el asiento de la locura y a él deben de ir dirigidos los remedios.

Estos enfoques opuestos, espiritualista y organicista, llevaron a continuos debates entre los autores más representativos de ambas escuelas. Así, Peset y Vidal (1821-1885), médico valenciano, defendía la locura como “un delirio más o menos graduado, que interesa varias de las facultades del alma, la racional, la afectiva y la volitiva, con pérdida de libertad y conciencia”. Según su teoría, ese desequilibrio en las facultades del alma se materializa en la mente. Cuando la mente ha perdido el control de la razón, solo queda el ejercicio libre de la fantasía.

En el otro “bando”, en el organicista, podemos citar a Giné y Partagás (1836-1903). Este buen señor defendía un modelo basado en las alteraciones del flujo sanguíneo cerebral como explicación del mecanismo patogénico de la locura. También decía, puede que el cerebro se trastorne porque a él lleguen intensas y continuas corrientes nerviosas por el sistema ganglionar.

Philippe Pinel
Jacques Joseph Moreau de Tours

Si queremos ir despidiendo el siglo XIX no podemos hacerlo sin hablar de Pinel (1745-1826). Médico francés e hijo de un cirujano, dedicó su vida al estudio y tratamiento de las enfermedades mentales. Su método de trabajo consistía en la observación y análisis sistemático de los fenómenos perceptibles de la enfermedad.  Con ello procuró grandes avances en el conocimiento y clasificación de los trastornos psiquiátricos. Fue un gran reformador de la psiquiatría y de las condiciones y trato de los ingresados en manicomios. Defendió la llamada asistencia moral que consistía en un régimen de internamiento, digno y humanitario (humanización de los manicomios), cuya primera medida debía ser eliminar el encadenamiento de los alienados. No dejó nunca de promover el cambio en la consideración social de los locos, término que propuso sustituir por el de alienado.

Abordar desde patrones compatibles con la ciencia el tratamiento de la psique enferma, puede que sea la aportación más sobresaliente de Pinel. Entendía que tales tratamientos debían seguir los mismos protocolos que los tratamientos dispensados a las patologías orgánicas. Sugirió la necesidad de crear un cuerpo de médicos especializados en el cuidado y curación de los enfermos psíquicos, así como instituciones exclusivas para el tratamiento de estas personas. He aquí el precedente directo de los hospitales psiquiátricos.  

Philipe Pinel, Esquirol,  su discípulo, Moreau de Tours, Morel, Lasègue, Magnan, Cotard, Falret, entre otros, formaron la escuela francesa auténtica vanguardia en el campo de la psiquiatría. Sustentaban sus teorías en el trabajo asistencial y la investigación anatomoclínica. Primero, delimitar correctamente los síntomas de la patología mental. Después, tratar de encontrar su correlato somático en la anatomía patológica. Todo, desde la institución manicomial. Aún no se pensaba en el nosocomio como parte del problema y en la “externalización” como parte de la solución. Para ello, había que esperar muy poco; a que la historia diese a luz  al siglo XX.

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