La escena se repite cada día en millones de habitaciones de adolescentes y jóvenes españoles: una pantalla iluminada de madrugada, una conversación que se vuelve invasiva, un comentario humillante en una red social, una fotografía manipulada que empieza a circular o una pareja que exige pruebas constantes de conexión y disponibilidad. Lo perturbador no es ya que estas situaciones existan, sino que gran parte de los jóvenes las perciben como parte ordinaria de la vida digital.