¿Por qué un psicólogo no puede tratar a quienes tiene cerca?
- Maribel Gámez

- 16 may
- 4 min de lectura
Actualizado: 18 may

Cuando los psicólogos damos un consejo a un amigo o a un familiar rara vez estos siguen nuestras indicaciones. Hay que reconocerlo, no nos hacen ningún caso. Durante un tiempo, sobre todo justo cuando terminamos la carrera, momento en que todo el mundo nos pregunta sobre sus problemas, nos ilusionamos al ver que nos escuchan con atención y hacen preguntas sobre lo que les preocupa pensando que les estamos ayudando. Incluso pueden mostrarse de acuerdo con lo que les decimos; pero rara vez esa conversación va a provocar un cambio en su vida. Así que la próxima ocasión que los veamos seguirán atrapados en las mismas dificultades. ¿Qué ocurre con los psicólogos, que no podemos ayudar a la gente que tenemos más cerca? ¿Pesa sobre nosotros una maldición?
En realidad, este tema, el ser ignorados cuando hacemos recomendaciones a amigos o familiares, es un fenómeno común que les ocurre a todos los profesionales de la salud: médicos fisioterapeutas, dentistas o enfermeros, no solo a nosotros.

La explicación tiene que ver con el tipo de relación que un psicólogo mantiene con una persona cercana en comparación con la que establece con un paciente. No es lo mismo hablar con un amigo que atender a un paciente. En estos dos tipos de relaciones hay dos roles claramente diferenciados: el rol relacional y el rol terapéutico.
Cuando un paciente llega a consulta por primera vez, acude con la idea de buscar ayuda en un profesional del que no conoce nada salvo los comentarios que le hayan hecho otras personas o las reseñas que encuentra de él en Internet. Es decir, está buscando a una persona con experiencia y conocimientos en su problema, una autoridad en la materia que consiga ayudarle con sus dificultades.
La relación paciente-profesional de la salud es asimétrica; esto es, que no se basa en el conocimiento mutuo entre dos personas ni en las típicas relaciones de amistad que se establecen en las que ambos conocen la intimidad del otro y predomina el cariño.

Al ser uno autoridad, el psicólogo, y el otro demandante de ayuda, este último está en una situación de desventaja respecto al otro ya que no tiene ni los conocimientos ni la experiencia del psicólogo sobre el único tema del que hablan: su problema. Uno sabe mucho sobre sus causas y posibles soluciones y el otro muy poco, lo que convierte la relación en algo desigual y diferente a la amistad o a las relaciones familiares, que sí son igualitarias.
Esta diferencia provoca que el paciente escuche de manera diferente a un terapeuta que a un amigo. Al terapeuta le ve como alguien que puede sacarle de una mala situación y no como una persona que le da un buen consejo en una comida entre plato y plato. Es decir, que el paciente reconoce el rol de autoridad que ejerce el psicólogo. A las personas que consideramos autoridad en un tema solemos tender a hacerles caso, pensando que tendremos éxito si seguimos sus consejos.

A aquellos con los que tenemos una conversación informal, con los que mantenemos un rol relacional, independientemente de que luego resulten ser buenos profesionales, no se les suele tener tan en cuenta lo que dicen porque no se les percibe la autoridad con claridad. Y es que predomina el rol relacional frente al del profesional, lo que convierte la opinión del psicólogo en una más, si acaso un poco más compleja.
Los profesionales tampoco nos salvamos de ver con ojos diferentes a las personas de nuestro alrededor que nos piden su ayuda. Y eso influye en nuestra capacidad para ayudar. Por ejemplo, no se recomienda que los cirujanos operen a familiares. Esto es así porque es muy fácil que debido a los lazos afectivos que mantienen con ellos puedan cometer errores, que su objetividad clínica se pierda. Lo mismo ocurre con los psicólogos. Detrás de cada relación de amistad o familiar hay una historia de dos personas que se conocen y que han vivido mucho juntas.

Que se haya construido un vínculo afectivo aumenta la probabilidad de que no se piense con claridad sobre qué pasos hay que dar para ayudar a la otra persona. El miedo, la compasión o la rabia son emociones que pueden predominar sobre el pensamiento racional a la hora de tomar decisiones y, por lo tanto, aumenta la posibilidad de equivocarse.
Además, las personas cercanas al psicólogo pueden no sentirse libres para contar todo aquello que ayudaría a entender lo que les ocurre. En su discurso pueden ocultar información, mentir o contradecirse para evitar sentir vergüenza o decepcionar, así que se le hurta al psicólogo información importante.
Por último, no es de extrañar que cuando un psicólogo dé un consejo a un amigo o familiar pueda generarse un conflicto porque este se sienta incomprendido, insultado o exigido, y la relación personal se resienta.

Por eso mezclar el papel profesional y el personal suele ser una mala idea. Ni el psicólogo puede mantener siempre la distancia emocional necesaria ni la persona cercana suele colocarlo en un lugar de verdadera autoridad terapéutica. El resultado es que los consejos terminan cayendo en saco roto.
La importancia de evitar estas situaciones aparece incluso en el Código Deontológico del Consejo General de la Psicología de España, que en diferentes artículos advierte sobre aquellas situaciones en las que el papel del profesional pueda resultar ambiguo. También la American Psychological Association (APA) desaconseja las llamadas “relaciones duales”, es decir, mantener al mismo tiempo una relación personal y profesional cuando eso puede interferir en el juicio clínico o perjudicar a la otra persona.
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Muy buen artículo.
Al igual que han comentado los lectores, creo que sería complicado para un profesional del ámbito sanitario, en este caso de psicología, atender a personas de su entorno cercano debido a que se produciría una perdida de la objetividad clínica, como se dice en el artículo. Muy bien explicado, Maribel!! Un abrazo 🥰
Qué cosas tiene la mente humana. Sin embargo, un capitán de barco prefiere pilotar él mismo el navío en el que viaja su familias a que lo piloite otro capitán. Y tanto más cuanto más mala mar. Es curioso.
Coincido con la mayoría de comentaristas: tema complicado, muy bien explicado.
Gran artículo sobre un tema de difícil comprensión. ¡Enhorabuena!