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Dolor que alivia. Qué son y cómo manejar las autolesiones en los jóvenes

  • Foto del escritor: Maribel Gámez
    Maribel Gámez
  • hace 4 horas
  • 7 Min. de lectura
Dolor que alivia. Qué son y cómo manejar las autolesiones en los jóvenes. Centro de Psicología Aplicada Maribel Gámez

Desmontan sacapuntas, utilizan compases o buscan los recambios de cuchillas que se usan para limpiar la vitrocerámica. La cuestión es encontrar algo afilado, pequeño y manejable con lo que hacerse daño. Hacerse daño a uno mismo, las llamadas autolesiones, están cada vez más presentes en el mundo adolescente. Los padres, siempre alerta a cualquier peligro que aceche a sus hijos, se quedan desolados al darse cuenta de que este es su propio enemigo. Que se quede a solas en su cuarto no significa que esté protegido de los peligros del mundo. Que mientras siga queriendo dañarse, ningún lugar es seguro para él.


Está claro que los jóvenes no están pasando por un buen momento. Es abrumadora la cantidad de noticias que hablan de los muchos problemas que les cercan. El riesgo del uso de las redes sociales, que amenaza con convertir en personas adictas a un buen número de jóvenes;  el fracaso escolar; la merma de capacidades producto de un mal uso de la inteligencia artificial y de la deficiente instrucción recibida; sus dificultades para tolerar la frustración… la lista es muy larga. Una lista que provoca una expectativa de un futuro negativo y hostil.


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¿Qué lugar ocupan las autolesiones en este mar de problemas? ¿Por qué los jóvenes recurren a ellas en momentos de gran malestar?


Para contestar adecuadamente a estas preguntas lo primero es entender qué se considera como autolesión. Cuando alguien se quema, golpea, corta o se agrede de forma voluntaria y consciente, pero sin intención de provocarse la muerte, estamos definiendo lo que es una autolesión. Es importante entender esto: que quiénes deciden hacerse daño no pretenden acabar con su vida, sino conseguir que algo cambie, normalmente su estado emocional.


En otras palabras, hacerse daño es una estrategia para conseguir volver a un estado de calma, donde las emociones no sean tan intensas y dolorosas. Por lo tanto, es un intento de estar mejor, de alejarse de vivir situaciones insoportables que hagan pensar en el suicidio como salida. Las autolesiones se han convertido en unas de las formas más frecuentes de detectar malestar psicológico entre los jóvenes por la frecuencia con la que se dan.


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En España, según un estudio liderado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y publicado en abril de 2025, uno de cada tres adolescentes de entre 12 y 16 años se ha autolesionado sin intención de morir. Ni más ni menos. Son números escandalosamente altos. Para comprender el fenómeno cabe preguntarse: ¿cuál es exactamente el efecto que genera en ellos para que provocarse dolor se haya convertido en algo habitual entre adolescentes?


Autolesionarse para manejar el malestar


Para entender por qué ocurre  hay que buscar la respuesta en la biología. Existen varios mecanismos que explican muy bien este asunto. Imaginemos la situación en la que se encuentra un joven que decide lesionarse. Muchos cuentan que se encontraban sufriendo estados emocionales intensos y desagradables antes de hacerlo y que buscaban alivio al dañarse porque ya lo habían probado antes. Que su sistema nervioso estaba desregulado, en alerta, viviendo una situación psicofisiológica negativa de altísima intensidad. En ella se unen vivencias corporales de alto malestar (ira, tristeza, soledad, vacío) junto con pensamientos negativos sobre uno mismo (“Soy un desastre”, “No valgo para nada”, “Nadie me quiere”…)


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Ambas experiencias  coexisten para crear una situación de malestar compleja y difícilmente soportable. Aquí entra en juego el rol del dolor físico. El dolor es una situación de altísima prioridad biológica, lo que significa que el cerebro atiende primero a esa situación dejando de lado otros pensamientos y  sensaciones físicas de malestar que se estén viviendo en ese momento. Dañar el cuerpo consigue que disminuyan en frecuencia e intensidad inmediatamente. El dolor es capaz de que la atención deje de estar centrada en pensamientos negativos y abstractos, en sensaciones desagradables e intensas para fijarse en una sensación concreta, clara y localizable: el corte en la muñeca, el golpe en la cabeza, la quemadura en la pierna.


No solo es capaz en segundos de hacer ese trabajo de cambio de foco atencional, sino que a continuación  se liberan unos péptidos que amortiguan la experiencia de dolor. Los péptidos  son cadenas de aminoácidos llamados, entre otros, endorfinas, que son capaces de modular el dolor, generando una sensación de alivio inmediato en el cuerpo. Así que el daño físico es una solución rápida a un estado de altísimo malestar emocional, lo que explica que alguien sin otras estrategias de autorregulación emocional se decida a usarlo.


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Pero como cualquier solución rápida a un problema complejo también es una trampa. La autolesión alivia, sí, pero impide aprender otras formas de gestionar el malestar.


Con el tiempo puede normalizarse como estrategia y generar un efecto de tolerancia al dolor, esto es, que cada vez necesite hacerse más daño para aliviar el malestar. Y hacerse más daño para conseguir alivio puede implicar mayor riesgo de consumar una conducta suicida no buscada, intentado sentirse mejor pueden toparse con la muerte.


En alguien que ha vivido este alivio rápido se genera un aprendizaje vital para entender este comportamiento. En las siguientes ocasiones que el malestar aparezca, la expectativa de disminuirlo haciéndose daño se convierte en una promesa de encontrar un bienestar.


Cerebralmente, es la dopamina, un neurotransmisor, el que genera esa expectativa positiva de escape inmediato y lo que explica, entre otros factores, que la autolesión siga siendo la forma elegida de gestionarlo.


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¿Cómo funciona la dopamina para conseguir ese efecto? Cuando una persona experimenta algo positivo, como comer, o el alivio de un malestar, como en el caso de las autolesiones, el cerebro libera dopamina. Con el tiempo esta liberación deja de producirse solo ante la recompensa y comienza a activarse antes, en respuesta a señales que la predicen. De este modo, la dopamina contribuye a generar expectativa y motivación, impulsando la conducta hacia la obtención de ese resultado.


Aparte de la expectativa de alivio, a veces surgen otras situaciones que aumentan la probabilidad de que los adolescentes sigan autolesionándose. Citaré la que creo más importante, que es la obtención de beneficios que, sin pretenderlo, el entorno da a quien se lesiona. Por ejemplo, en el colegio algunos protocolos antilesiones permiten que los alumnos se libren de hacer exámenes o atender en clase. Los adolescentes ligan, de manera consciente o no, hacerse daño con evitar situaciones que no les gustan. También puede ocurrir en la familia. Los adolescentes pueden aprender  que encuentran afecto, cariño y atención al dañarse, algo que no ocurre cuando no se hacen daño.


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Toda esta información es esencial que un psicólogo la conozca, entienda y trasmita a la familia ya que, cuando aparecen las autolesiones, necesariamente un profesional de la salud tiene que hacer acto de aparición.


Tratamiento de las autolesiones


El tratamiento que mejor funciona para ayudar a los jóvenes a tener estrategias diferentes a la autolesión para gestionar el malestar es la combinación de terapia y medicación.

Conseguir realizar un análisis profundo de las causas que han llevado al adolescente a autolesionarse es clave para comprender lo que le ocurre. Es papel del psicólogo hacer este trabajo y conseguir que el joven y la familia lo entiendan, como primer paso para el cambio.

La involucración de los padres es imprescindible en estos casos para ayudar al joven, ya que para estar mejor necesita la comprensión de su entorno respecto a cómo se siente y a lo que busca haciéndose daño. Suele ser habitual que antes de acudir a un psicólogo se haya creado un abismo de incomprensión entre padres e hijos cuando se dan las autolesiones.


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Esto es así porque los jóvenes no saben expresar, poner en palabras, aquello que sienten y piensan y que les lleva a autolesionarse; y, a su vez, los padres no comprenden cómo su hijo puede haber llegado a tener comportamientos tan extremos.


Así que producto de esta falta de comunicación no se dan las condiciones para un entendimiento entre ellos que ayude al joven a sentirse acompañado y comprendido. Que en vez de preguntarle ¿Por qué lo haces?, la pregunta debería ser ¿Qué es lo que tanto te duele para hacerlo?  


Para los padres  esta situación no es nada fácil de manejar y puede generar en ellos mucho estrés y emociones negativas. La culpa suele ser una emoción frecuente cuando descubren las autolesiones  al pensar en que ellos son responsables de alguna manera de que haya ocurrido. Si la culpa se instala puede dificultarles pensar con claridad acerca de qué soluciones existen para el problema.


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El psicólogo tiene que ayudar a los padres a validar las emociones que experimentan sus hijos, a comprenderlas  para reducir la carga emocional del adolescente y a manejar también las suyas propias. Es clave para solucionar el problema que los que tienen como hábito autolesionarse consigan aprender estrategias nuevas de gestión del malestar. Que aprendan que las emociones no son solo un enemigo a eliminar, sino señales que dan información sobre uno mismo; y que deben ser gestionadas de manera adaptativa y autónoma con nuevas estrategias.


Conclusiones


Las autolesiones se han convertido en una forma habitual de gestionar el malestar emocional para muchos jóvenes. Cuando se descubre esta práctica por parte de los adultos, estos deben pedir ayuda a un profesional de la salud mental rápidamente. El trabajo del psicólogo es descubrir las causas que llevan al adolescente a tener comportamientos tan extremos, involucrar a la familia en el cambio y enseñar otras opciones de regulación del malestar que no pasen por infringirse daño a sí mismo.


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