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Más allá de la ausencia de enfermedad: la salud mental como bienestar positivo y completo

  • Foto del escritor: Centro de Psicología Maribel Gámez
    Centro de Psicología Maribel Gámez
  • hace 13 horas
  • 7 Min. de lectura
Más allá de la ausencia de enfermedad: la salud mental como bienestar positivo y completo. Blog del Centro de Psicología Aplicada Maribel Gámez

En un mundo donde las tasas de ansiedad y depresión no dejan de crecer (según la Organización Mundial de la Salud, una de cada ocho personas en el planeta vive con un trastorno mental), la psicología y la psiquiatría han centrado sus esfuerzos, con razón, en el diagnóstico, el tratamiento y la prevención de la enfermedad mental. Sin embargo, un artículo reciente publicado en npj Mental Health Research (febrero de 2026) propone un giro conceptual profundo: la salud mental no es simplemente la ausencia de enfermedad. Es algo más amplio, más rico y, sobre todo, medible y cultivable de forma independiente. Titulado “Mental illness, mental health, and mental well-being”, el trabajo liderado por Tyler J. VanderWeele, de la Universidad de Harvard, junto a un equipo internacional de expertos (Byron R. Johnson, Michael Bradshaw y otros), ofrece evidencia conceptual, empírica y causal que obliga a repensar cómo entendemos, medimos y promovemos el bienestar psicológico.

 

Este estudio no es una mera revisión académica. Es una invitación a un cambio de paradigma que tiene implicaciones directas en la clínica, la política pública y la investigación.


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VanderWeele y sus coautores argumentan que, si bien tratar la depresión o la ansiedad sigue siendo prioritario, ignorar el cultivo deliberado del bienestar positivo equivale a conformarse con una sociedad que, en el mejor de los casos, está “no enferma” pero rara vez florece. Y lo demuestran con datos rigurosos.

 

El modelo de los dos continuos: una idea que lleva décadas madurando

 

La noción de que la salud mental y la enfermedad mental no son polos opuestos de un mismo eje no es nueva. Corey Keyes, en trabajos pioneros de principios de los 2000, propuso el modelo de los “dos continuos” o dual-continua model. Según este marco, una persona puede encontrarse en cualquiera de las cuatro combinaciones posibles: alta enfermedad y bajo bienestar, baja enfermedad y alto bienestar, baja en ambos o alta en ambos. Keyes, en un estudio con 3.032 adultos estadounidenses, encontró que, de los 511 que cumplían criterios de episodio depresivo mayor, 27 (aproximadamente el 5 %) reportaban niveles altos de salud mental positiva, 259 niveles moderados y 143 niveles bajos.


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El artículo de VanderWeele et al. retoma y actualiza este modelo, pero lo enriquece con datos globales y evidencia causal reciente. Critican la ambigüedad del término “salud mental”, que la OMS define desde 1948 como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Por su parte, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, de la Asociación Psiquiátrica Americana, en su edición más reciente (DSM-5-TR), sigue anclado en la patología: un trastorno mental es una “alteración clínicamente significativa” del funcionamiento cognitivo, emocional o conductual. Los autores del nuevo estudio proponen una aclaración terminológica precisa:

 

Salud mental estrecha: ausencia de enfermedad mental.

 

Salud mental amplia o bienestar mental positivo: el logro relativo de un estado en el que todos los aspectos de la vida mental de una persona son buenos (pensamientos, emociones, funcionamiento cognitivo, sentido de propósito, fortalezas de carácter).


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Esta distinción no es semántica, sino que tiene consecuencias prácticas. Como ilustran los autores, una persona sin diagnóstico clínico puede sentir vacío existencial, falta de significado o apatía emocional crónica. Y, a la inversa, alguien con un trastorno ansioso puede experimentar momentos de profundo propósito o gratitud. La salud mental positiva no es un lujo; es un estado distinto que merece atención propia.

 

Evidencia empírica: los datos que separan enfermedad de bienestar

 

El estudio no se queda en la teoría. Recurre a grandes bases de datos para mostrar que los dos constructos son estadísticamente distinguibles. En el Global Flourishing Study (un proyecto longitudinal que abarca 22 países y representa a más de la mitad de la población mundial), los patrones de bienestar positivo y de síntomas de enfermedad mental varían de forma independiente según el país, el género, la edad y la religiosidad. Por ejemplo, la asistencia religiosa se asocia más fuertemente con la satisfacción vital que con la reducción de síntomas depresivos. La edad, por su parte, predice mejor la depresión que la satisfacción en algunos contextos culturales.


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Análisis factoriales confirmaron que los ítems de enfermedad mental (ansiedad, depresión) constituyen un factor distinto de los de bienestar (propósito, relaciones significativas, optimismo). Revisiones sistemáticas citadas por los autores concluyen lo mismo: “es posible reportar altos niveles de salud mental positiva a pesar de una enfermedad mental”. Otro estudio clásico mencionado es el de Cummins et al., que documentó casos de satisfacción vital elevada incluso en presencia de depresión moderada. Estos hallazgos desafían la intuición clínica cotidiana: muchos terapeutas asumen que, al resolver los síntomas, el bienestar “llegará solo”. Los datos sugieren que no siempre es así.

 

La evidencia causal: el bienestar positivo previene y mitiga la enfermedad

 

Quizá la contribución más novedosa del artículo sea la sección dedicada a la causalidad. No basta con correlaciones estadísticas. ¿El bienestar positivo causa realmente una menor incidencia de enfermedad, o es al revés? Los autores revisan estudios longitudinales y ensayos aleatorizados que apuntan a una relación bidireccional, pero con un peso claro del bienestar hacia la prevención.


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Un estudio de Santini et al. mostró que puntuaciones altas en la Escala de Bienestar Mental de Warwick-Edinburgh reducían entre un 69 % y un 90 % el riesgo de aparición de trastornos mentales en personas inicialmente sanas, incluso después de controlar variables sociodemográficas y de salud física.


Otro análisis de panel con 16 años de seguimiento (Joshanloo y Blasco-Belled) demostró, mediante modelos de panel de efectos cruzados retardados, que la satisfacción vital y el bienestar eudaimónico (concepto de felicidad basado en la autorrealización, el propósito de vida y el desarrollo del máximo potencial humano, centrado en vivir de acuerdo con valores, crecer personalmente y encontrar sentido, incluso superando desafíos) predecían una reducción posterior de síntomas depresivos, controlando los niveles previos de depresión.


El efecto era recíproco, pero el camino del bienestar hacia la menor enfermedad era robusto.

 

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En el terreno de las intervenciones, los resultados son aún más convincentes. La “terapia del bienestar” (well-being therapy), desarrollada por Giovanni Fava, combinada con terapia cognitivo-conductual (TCC) convencional, supera a la TCC sola en la mejora tanto de síntomas negativos como de estados positivos, con el mismo número de sesiones. Intervenciones breves y de bajo coste (gratitud, actos de bondad, identificación de fortalezas de carácter, meditación mindfulness o coping espiritual positivo) han demostrado efectos causales en ensayos controlados. Estos programas no solo elevan el bienestar; también reducen recaídas depresivas y ansiosas.

 

Los correlatos también difieren. Kinderman y colaboradores encontraron que la ansiedad y la depresión se asocian más con eventos vitales negativos recientes, mientras que el bajo bienestar subjetivo se vincula más con privación crónica y aislamiento social. Estos matices tienen implicaciones etiológicas y terapéuticas distintas.

 

Implicaciones prácticas: de la clínica a la política pública


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El artículo no se limita a la academia. Dedica un espacio sustancial a las consecuencias concretas. En primer lugar, la evaluación y el seguimiento nacional. Monitorear solo las tasas de trastornos (como hace la Encuesta Nacional de Salud Mental en muchos países) es insuficiente. Se necesitan indicadores multidimensionales de bienestar: propósito, relaciones, funcionamiento cognitivo, fortalezas de carácter. El Global Flourishing Study ya ofrece un modelo, pero los autores reclaman cohortes nacionales representativas, mediciones multitemáticas y sensibles culturalmente. En España, por ejemplo, el Barómetro de Bienestar podría incorporar módulos de eudaimonia junto a los de síntomas.

 

En investigación, proponen una “epidemiología positiva” que supere las limitaciones de la psicología positiva actual (muestras occidentales, estudiantes universitarios, seguimientos cortos). Necesitamos grandes cohortes longitudinales, métodos causales rigurosos (instrumentales, discontinuidades, ensayos naturalistas) y mayor diversidad cultural. El propio Global Flourishing Study, aunque ambicioso, cubre solo 22 países; quedan más de 170 por explorar con profundidad.


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En políticas de salud pública, el mensaje es claro: los gobiernos deben invertir en promoción del bienestar con la misma seriedad con que invierten en prevención de enfermedad. Intervenciones de bajo coste (programas escolares de gratitud, campañas comunitarias de bondad, políticas de conciliación laboral-familiar, fomento de la participación cívica cuando es culturalmente relevante) pueden generar retornos elevados. VanderWeele y su equipo recuerdan que promover el bienestar no es un lujo elitista; en países de renta baja y media, donde el estigma de la enfermedad mental es mayor, hablar de “florecimiento” puede reducir barreras de acceso y desestigmatizar los debates públicos.

 

Finalmente, en la práctica clínica, el artículo abre una discusión necesaria. ¿Debe la psiquiatría limitarse a la remisión de síntomas o aspirar también a un “florecimiento acordado”? Los autores reconocen la controversia (no todos los clínicos están de acuerdo en qué aspectos del florecimiento son médicos), pero argumentan que ignorar el bienestar limita la recuperación y la prevención. Terapias como la ACT (Aceptación y Compromiso) o la TCC ya incorporan componentes positivos.


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Intervenciones basadas en el perdón, la ecuanimidad o el sentido de propósito pueden complementar el arsenal farmacológico y psicoterapéutico tradicional. Además, muchas patologías tienen raíces existenciales: rupturas relacionales, pérdida de significado, erosión de virtudes. Cultivarlas no es opcional, es parte del tratamiento integral.

 

Un llamamiento a no elegir entre enfermedad y bienestar

 

El estudio concluye con una nota de optimismo prudente. El modelo de dos continuos, aunque simplificado, sigue siendo útil para visualizar que atender la enfermedad y promover el bienestar no son tareas mutuamente excluyentes. Al contrario: pueden reforzarse. Invertir en bienestar positivo no resta recursos a la atención de la enfermedad grave; puede incluso generarlos al reducir la demanda futura y disminuir el estigma. En contextos de países en desarrollo, donde los recursos psiquiátricos son escasos, hablar de florecimiento puede abrir puertas que la mera patología cierra.


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Tyler J. VanderWeele, en su trayectoria como director del Human Flourishing Program de Harvard, ha insistido en que la ciencia del bienestar ya no es especulativa. Cuenta con instrumentos validados, datos longitudinales y mecanismos causales plausibles. El artículo de 2026 en npj Mental Health Research es, en muchos sentidos, la síntesis madura de dos décadas de evidencia acumulada.

 

Para la psicología contemporánea, el mensaje es claro: hemos avanzado mucho en el tratamiento de la patología. Ahora debemos avanzar igual de lejos en el cultivo de lo que nos hace humanos en su máxima expresión: propósito, conexión, crecimiento y una vida mental que no solo esté libre de sufrimiento, sino plena de significado. Los pacientes no piden solo “no estar mal”. Piden sentirse vivos. La ciencia, por fin, les está dando herramientas para lograrlo.

 


Más allá de la ausencia de enfermedad: la salud mental como bienestar positivo y completo. Blog del Centro de Psicología Aplicada Maribel Gámez

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1 comentario


triciafaraldo
hace 6 horas

Veo mucho relación entre este artículo y el anterior del blog. Es como si se estuviera cambiando la manera de entender la salud mental, tanto en el plano idividual como en el social, y tanto en los aspectos curativos como en los anticipativos. En definitiva: me gusta.

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