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Atención, nueva falacia: la desigualdad económica no implica menos bienestar mental

  • Foto del escritor: Alvaro Sánchez
    Alvaro Sánchez
  • hace 5 minutos
  • 9 Min. de lectura

Amo a Sócrates, pero más amo a la verdad.

Platón


Atención, nueva falacia: la desigualdad económica no implica menos bienestar mental. Centro de Psicología Aplicada Maribel Gámez

La desigualdad bajo la lupa: el debate académico en torno a un estudio bajo sospecha

 

Durante décadas, la relación entre desigualdad económica y bienestar humano ha ocupado un lugar central en las ciencias sociales. Desde la sociología hasta la economía del comportamiento, numerosos investigadores han defendido la idea de que las sociedades más desiguales tienden a presentar peores resultados en salud mental, cohesión social y satisfacción vital. Sin embargo, un estudio reciente liderado por Nicolas Sommet, ‘No meta-analytical effect of economic inequality on well-being or mental health’, publicado en Nature el pasado noviembre, ha reavivado el debate al cuestionar la solidez empírica de esa relación.

 

El trabajo —un amplio metaanálisis que reúne datos de más de un centenar de investigaciones— concluye que el vínculo entre desigualdad económica y bienestar psicológico es, en términos generales, mucho más débil de lo que sugería la inmensa mayoría de la literatura previa. En su estimación promedio, los autores no encuentran un efecto robusto de la desigualdad sobre indicadores como la satisfacción con la vida o la salud mental.


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La conclusión ha provocado un intenso debate entre investigadores. Mientras algunos consideran que el estudio representa un avance metodológico importante al corregir sesgos en la literatura existente, la mayoría sostiene que su interpretación minimiza evidencias sustanciales sobre los efectos sociales de la desigualdad. Más aún, varios especialistas señalan que ciertas decisiones metodológicas del metaanálisis podrían haber diluido relaciones reales entre desigualdad y bienestar. Mi intención con este artículo es revisar el estudio de Sommet, su contexto en la literatura científica y las principales críticas que ha suscitado, así como buscar una posible explicación al indudable sesgo que imprime.

 

La hipótesis de que la desigualdad perjudica el bienestar colectivo adquirió notoriedad internacional tras la publicación de The Spirit Level, de Richard Wilkinson y Kate Pickett, publicado en 2009. En esta obra, los autores argumentaban que las sociedades con mayor desigualdad de ingresos presentan peores resultados en múltiples dimensiones: desde la esperanza de vida hasta la confianza social o la salud mental.


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El argumento se apoyaba en un conjunto de mecanismos teóricos. Uno de los más citados es el estrés asociado a la comparación social: en contextos donde las diferencias económicas son muy visibles, las personas tenderían a evaluarse constantemente en relación con los demás, generando ansiedad, inseguridad y sentimientos de inferioridad.

 

Otra explicación se centra en el debilitamiento del tejido social. Altos niveles de desigualdad pueden erosionar la confianza entre ciudadanos, aumentar la segregación residencial y reducir el apoyo a políticas redistributivas o servicios públicos.

 

Estas ideas influyeron en investigaciones posteriores dentro de campos como la psicología social, la economía pública y la epidemiología social. Numerosos estudios empíricos exploraron la relación entre indicadores de desigualdad —como el coeficiente de Gini— y medidas de bienestar subjetivo o salud mental. Sin embargo, los resultados no siempre fueron coherentes entre sí. La mayoría de las investigaciones hallaban asociaciones negativas claras, aunque algunos otros encontraban relaciones débiles o inexistentes. Pero, en términos generales, la validez empírica de la correlación con implicaciones causales entre desigualdad económica y social y menor bienestar físico y mental resultaba muy sólida.


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El metaanálisis de Sommet y sus colegas

 

En ese contexto, el equipo liderado por Nicolas Sommet, de la Universidad de Lausana y LIVES, compuesto por  Adrien A. Fillon, de la Universidad de Clermont Auvergne; Ocyna Rudmann, de la Universidad de Ginebra; Alfredo Rossi Saldanha Cunha, de  Expedia Group, y Annahita Ehsan, de la Universidad de Columbia Británica, emprendió una revisión sistemática de la literatura existente sobre el tema. El objetivo era sintetizar los resultados disponibles y evaluar si el efecto de la desigualdad sobre el bienestar psicológico es tan sólido como se suele afirmar.

 

El estudio analiza 168 investigaciones publicadas durante las últimas décadas, que en conjunto incluyen millones de observaciones provenientes de diferentes países y contextos sociales. Los autores examinan dos grandes conjuntos de variables:


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Indicadores de desigualdad económica, generalmente medidos mediante índices de distribución del ingreso, por un lado, y medidas de bienestar subjetivo y salud mental, como satisfacción con la vida, felicidad autodeclarada o síntomas psicológicos, por otro.

 

Además de calcular un efecto promedio, el metaanálisis intenta corregir problemas habituales en la literatura científica, especialmente el llamado sesgo de publicación. Este fenómeno se produce cuando los estudios que encuentran resultados significativos tienen más probabilidades de publicarse que aquellos que no detectan efectos. Y es precisamente aquí, en la supuesta corrección del sesgo de publicación, donde se van a acumular los problemas que desvirtúan la validez del metaanálisis, como luego iremos viendo.

 

Según los autores, una parte considerable de la relación observada en trabajos previos podría explicarse por este sesgo. Una vez aplicadas diversas correcciones estadísticas, el efecto promedio entre desigualdad y bienestar psicológico se vuelve extremadamente pequeño o incluso indistinguible de cero.


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El estudio, sin embargo, también identifica condiciones específicas en las que sí aparece una relación negativa. Entre ellas destacan los países con niveles de ingreso relativamente bajos y los periodos caracterizados por alta inflación. Estos hallazgos sí que sugieren que la desigualdad podría afectar al bienestar principalmente en contextos económicos más vulnerables, según reconocen los autores. Sin embargo, y a pesar de estas matizaciones, la interpretación general del artículo es clara: la evidencia disponible no respalda la idea de un efecto universal y consistente de la desigualdad económica sobre el bienestar psicológico.

 

La publicación del estudio generó reacciones inmediatas en el ámbito académico. Algunos investigadores valoraron positivamente el esfuerzo de sistematización y la sofisticación estadística del metaanálisis. Desde esta perspectiva, el trabajo ayudaría a depurar un campo donde los resultados contradictorios habían generado confusión.


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Pero en general, la recepción de la publicación de Sommet et al. ha estado marcada por un notable escepticismo. Numerosos especialistas han cuestionado tanto las decisiones metodológicas del estudio como la interpretación de sus conclusiones. Y las críticas pueden agruparse en varios ejes principales.

 

Los principales problemas del estudio de Sommet

 

Una de las objeciones más repetidas se refiere al uso de un efecto promedio global. En un metaanálisis que combina estudios de países muy distintos —desde economías desarrolladas hasta naciones en desarrollo— el resultado agregado puede ocultar relaciones relevantes en contextos específicos. Algunos investigadores argumentan que la desigualdad no afecta a todas las sociedades de la misma manera. Factores institucionales, culturales y económicos pueden modificar sustancialmente sus efectos.


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Por ejemplo, en países con sistemas de protección social robustos, los ciudadanos pueden sentirse relativamente protegidos frente a las consecuencias de la desigualdad. En cambio, en contextos donde el acceso a servicios básicos depende en gran medida del ingreso individual, las diferencias económicas podrían traducirse más directamente en estrés o inseguridad. Desde este punto de vista, el hecho de que el efecto promedio sea pequeño no implica necesariamente que la desigualdad sea irrelevante. Más bien podría indicar que sus efectos son heterogéneos. De hecho, el propio estudio reconoce moderadores contextuales, como el nivel de desarrollo económico o la inflación. Para algunos críticos, este reconocimiento debilita la conclusión general del artículo.

 

Otra crítica se centra en los indicadores utilizados para medir bienestar y salud mental. Gran parte de la literatura analizada en el metaanálisis se basa en autoinformes, es decir, encuestas en las que las personas evalúan su propio nivel de felicidad, satisfacción con la vida o bienestar psicológico.


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Este tipo de medidas tiene ventajas —son relativamente fáciles de recolectar y permiten comparaciones internacionales—, pero también presenta limitaciones, ya que las respuestas pueden estar influenciadas por normas culturales, expectativas sociales o procesos de adaptación psicológica. En sociedades donde la desigualdad es alta desde hace tiempo, las personas podrían haber normalizado esas diferencias y ajustar sus expectativas en consecuencia. Este fenómeno, conocido como adaptación hedónica, implica que los individuos tienden a acostumbrarse a su situación, incluso si objetivamente es desfavorable. Desde esta perspectiva, los indicadores subjetivos podrían subestimar el impacto real de la desigualdad sobre la calidad de vida.

 

La naturaleza de los datos utilizados en la mayoría de los estudios analizados también ha sido objeto de crítica. Muchos trabajos sobre desigualdad y bienestar utilizan diseños observacionales, lo que dificulta establecer relaciones causales claras. Aunque se observe una correlación entre desigualdad y bienestar, no siempre es posible determinar la dirección de la influencia. Por ejemplo, es plausible que factores como el crecimiento económico, la calidad institucional o la estabilidad política influyan simultáneamente en ambos fenómenos.


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Este tipo de medidas tiene ventajas —son relativamente fáciles de recolectar y permiten comparaciones internacionales—, pero también presenta limitaciones, ya que las respuestas pueden estar influenciadas por normas culturales, expectativas sociales o procesos de adaptación psicológica. En sociedades donde la desigualdad es alta desde hace tiempo, las personas podrían haber normalizado esas diferencias y ajustar sus expectativas en consecuencia. Este fenómeno, conocido como adaptación hedónica, implica que los individuos tienden a acostumbrarse a su situación, incluso si objetivamente es desfavorable. Desde esta perspectiva, los indicadores subjetivos podrían subestimar el impacto real de la desigualdad sobre la calidad de vida.

 

La naturaleza de los datos utilizados en la mayoría de los estudios analizados también ha sido objeto de crítica. Muchos trabajos sobre desigualdad y bienestar utilizan diseños observacionales, lo que dificulta establecer relaciones causales claras. Aunque se observe una correlación entre desigualdad y bienestar, no siempre es posible determinar la dirección de la influencia. Por ejemplo, es plausible que factores como el crecimiento económico, la calidad institucional o la estabilidad política influyan simultáneamente en ambos fenómenos.


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Algunos críticos señalan que el metaanálisis no resuelve este problema fundamental. Al combinar estudios observacionales, el análisis puede sintetizar correlaciones existentes, pero no necesariamente aclarar sus causas.

 

Otra fuente de debate es la enorme diversidad de métodos utilizados en los estudios incluidos en el metaanálisis. La desigualdad económica puede medirse de múltiples maneras: coeficiente de Gini, participación del ingreso del 1% más rico, índices de desigualdad regional, entre otros. Del mismo modo, el bienestar psicológico puede evaluarse mediante escalas distintas. Pero al combinar investigaciones que utilizan definiciones y métodos heterogéneos, el meta-análisis corre el riesgo de comparar fenómenos que no son exactamente equivalentes. En este sentido, algunos investigadores sostienen que esta heterogeneidad dificulta la interpretación del efecto promedio y puede diluir relaciones que sí serían visibles en análisis más homogéneos.

 

Uno de los elementos más innovadores del estudio es su intento de corregir el sesgo de publicación. Sin embargo, este punto también ha generado críticas.


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Los métodos estadísticos utilizados para detectar y corregir ese sesgo —como los llamados funnel plots o modelos de selección— implican ciertos supuestos sobre cómo funciona el proceso editorial en las revistas científicas. Algunos especialistas argumentan que estas técnicas pueden ser demasiado agresivas y terminar reduciendo efectos que en realidad existen. En otras palabras, la corrección del sesgo podría haber llevado a una subestimación del impacto real de la desigualdad.

 

Quizá sea el alcance del estudio la crítica que se presenta como más sustantiva. El metaanálisis se centra principalmente en indicadores de bienestar subjetivo y salud mental. Sin embargo, la literatura sobre desigualdad abarca una gama mucho más amplia de resultados sociales. Investigaciones previas han examinado la relación entre desigualdad y variables como movilidad social, mortalidad, criminalidad,  confianza interpersonal o estabilidad política.


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Para algunos críticos, limitar el análisis al bienestar psicológico ofrece una visión incompleta del fenómeno. Incluso si la desigualdad tuviera un impacto reducido en la felicidad autodeclarada, podría seguir teniendo consecuencias importantes en otras dimensiones sociales.

 

Pero el verdadero problema de estudio analizado, desde mi punto de vista, es que realiza comparaciones entre elementos heterogéneos (países o sociedades) que distorsionan de manera definitiva el resultado. Si estamos analizando desigualdades, comparemos la situación de los desiguales en un mismo país; sin embargo lo que el estudio hace es comparar iguales de distintos países. Diseñado el método, hecha la trampa. De ahí no puede resultar nunca percepción de diferencia de bienestar: obviamente, los iguales entre sí tienen percepción de bienestar semejante en todos los países.  Compárales con sus desiguales del mismo país y verás cómo se quejan y manifiestan la desigualdad.


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El contexto político del debate

 

Más allá de la discusión metodológica, el debate en torno al estudio también refleja tensiones ideológicas más amplias. La desigualdad económica es un tema central en debates políticos contemporáneos, desde la política fiscal hasta el diseño del Estado del bienestar. En este contexto, los resultados científicos pueden interpretarse —a veces de manera simplificada— como argumentos a favor o en contra de determinadas políticas.

 

Algunos comentaristas temen que la conclusión de “no efecto” pueda utilizarse para restar importancia al problema de la desigualdad. Otros, en cambio, consideran que el estudio simplemente pone de relieve la necesidad de matizar afirmaciones demasiado categóricas. 

Pero hay algo que no se puede obviar, y es que las políticas de salud y redistribución fiscal implican muchas decenas de miles de millones de euros y una redirección de esa ingente cantidad de dinero. Ello implica intereses, por muchos lados. E intereses tanto más acuciantes cuanto más decenas de miles de millones están interesados. Así que, desde el inicio del derecho romano, se acuñó una expresión jurídica que se ha mantenido inalterable en su validez desde hace más de dos milenios: sigue la pista al dinero.


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Así que la seguimos. Analizamos lo que el propio LIVES (Swiss Center of Expertise in Life Course Research), alma mater de Nicolas Sommet, dice acerca de sus programas de financiación:

 

Fondos federales competitivos (Swiss National Science Foundation y National Centres of Competence in Research)

Aportaciones estructurales de universidades: Lausana y Ginebra.

Proyectos de investigación obtenidos por los grupos del Centro.

Financiación externa y colaboraciones.


Y aquí está la clave de la cuestión. Sommet acaba de obtener una subvención de consolidación de dos millones de euros del Consejo Europeo de Investigación para analizar las desigualdades. ¿Para analizarlas? Más bien parece que para tergiversarlas.


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Cada vez hay que desconfiar más de lo que se presenta como seguro, científico y verdadero.  Busca, compara, valora y decide. Pero con conocimiento de causa. Sin conocimiento eres una pluma al viento, recuerda a Platón: ama a Sócrates, pero ama más aún a la verdad.

 

 

 

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