CUANDO LAS VACACIONES NO SON TAN IDÍLICAS
- Centro de Psicología Maribel Gámez

- hace 15 horas
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Cómo disfrutar del verano sin convertirlo en una fuente de estrés

Con la llegada del verano asistimos cada año a un fenómeno tan previsible como revelador: las conversaciones comienzan a girar en torno a destinos, reservas, playas, montañas, hoteles y escapadas, mientras la publicidad y las redes sociales alimentan la imagen de unas vacaciones concebidas como el momento culminante del año, ese periodo casi mágico en el que deberían desaparecer las preocupaciones, mejorar las relaciones personales, descansar profundamente y regresar a casa con energías renovadas. Sin embargo, la experiencia cotidiana suele mostrarnos una realidad bastante menos perfecta y, precisamente por ello, mucho más humana.
Desde la perspectiva de la psicología, esta diferencia entre las expectativas y la realidad constituye una de las principales fuentes de malestar emocional. No son únicamente los acontecimientos los que determinan cómo nos sentimos, sino la manera en que los interpretamos y el significado que les atribuimos; por ello, dos familias pueden vivir exactamente el mismo retraso en un aeropuerto o soportar idéntico atasco en la carretera y, sin embargo, experimentar niveles de estrés completamente distintos.

Lo que cambia no son tanto las circunstancias como la forma de pensar acerca de ellas. Las vacaciones, además, poseen una característica que las convierte en un excelente escenario para observar el funcionamiento de nuestra mente: alteran las rutinas, modifican los horarios, incrementan el tiempo de convivencia y nos enfrentan continuamente a pequeños imprevistos que exigen capacidad de adaptación. Dicho de otro modo, no viajamos únicamente con nuestras maletas; también lo hacemos con nuestros hábitos mentales, nuestras creencias, nuestras formas de afrontar los problemas y, por supuesto, con aquellas vulnerabilidades psicológicas que durante el resto del año permanecen parcialmente ocultas por la rutina cotidiana.
El gran enemigo: las expectativas irreales
Quizá convenga comenzar desmontando una de las ideas más extendidas sobre el periodo estival: la creencia de que unas buenas vacaciones son aquellas en las que todo sale exactamente como estaba previsto. Se trata de una expectativa comprensible, pero profundamente irreal, porque basta la experiencia de cualquier viajero para comprobar que siempre aparecen circunstancias inesperadas: un cambio de tiempo, un retraso en un vuelo, una reserva que no coincide con lo contratado, una indisposición física, una discusión familiar o un simple cambio de planes.

Lo extraordinario no es que surjan dificultades; lo verdaderamente extraordinario sería que no apareciera ninguna. Uno de los principios fundamentales de la psicología cognitivo-conductual consiste precisamente en distinguir entre preferencias y exigencias. Preferir que haga buen tiempo durante nuestras vacaciones resulta perfectamente razonable; exigir que haga sol todos los días para poder disfrutar del viaje supone colocar nuestro bienestar en manos de un factor completamente ajeno a nuestro control. La diferencia puede parecer sutil desde un punto de vista lingüístico, pero psicológicamente es enorme, porque las preferencias admiten excepciones mientras que las exigencias convierten cualquier contratiempo en una frustración.
Algo parecido sucede cuando esperamos que la convivencia familiar transcurra sin un solo desacuerdo, que los hijos permanezcan siempre de buen humor, que nuestra pareja comparta todas nuestras preferencias o que cada jornada resulte inolvidable. Estas expectativas rara vez se formulan de manera explícita, pero suelen estar presentes como una especie de guion invisible que utilizamos para evaluar el éxito o el fracaso del viaje; cuanto más rígido es ese guion, mayor es la probabilidad de que la realidad termine decepcionándonos.

Vivimos, además, en una cultura que ha convertido la felicidad en una obligación permanente y que parece medir el valor de una experiencia por el número de fotografías capaces de demostrarla. Durante el verano esa presión alcanza probablemente su punto máximo: las redes sociales se llenan de playas paradisíacas, paisajes espectaculares, mesas cuidadosamente preparadas y sonrisas permanentes, componiendo un escaparate que invita a pensar que todo el mundo disfruta de unas vacaciones impecables mientras nosotros lidiamos con el cansancio, las colas, el calor excesivo o las inevitables discusiones domésticas.
El mito de la felicidad continua
Sin embargo, esa comparación resulta profundamente injusta porque enfrenta nuestra experiencia completa, con sus luces y sus sombras, a una selección cuidadosamente editada de los mejores momentos de otras personas. La psicología lleva décadas estudiando este fenómeno, conocido como comparación social, y sabemos que constituye uno de los mecanismos más eficaces para disminuir la satisfacción personal; olvidamos con facilidad que nadie suele publicar la fotografía de la discusión mantenida antes de salir del hotel, del niño que protesta porque quiere volver a casa o de las dos horas perdidas buscando aparcamiento en una ciudad desconocida.

Quizá una de las decisiones psicológicamente más saludables consista en renunciar cuanto antes a la fantasía de las vacaciones perfectas y sustituirla por una expectativa mucho más realista: aspirar a disfrutar de unas vacaciones suficientemente buenas. Esta expresión, inspirada en el conocido concepto del «padre suficientemente bueno» desarrollado por el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott, nos recuerda que la perfección no solo es inalcanzable, sino también innecesaria; para descansar, disfrutar y fortalecer nuestros vínculos personales no necesitamos vivir experiencias extraordinarias cada día, sino ser capaces de apreciar las muchas ocasiones de bienestar que suelen aparecer incluso cuando las circunstancias distan de ser ideales.
Cambiar de lugar no significa cambiar de personalidad
Las vacaciones poseen otra característica que con frecuencia pasa inadvertida: cambian el escenario de nuestra vida, pero no modifican automáticamente nuestra forma de ser. Muchas personas inician el viaje con la esperanza, más o menos consciente, de dejar atrás el estrés, la irritabilidad o las preocupaciones acumuladas durante el año, como si bastara atravesar la puerta de un aeropuerto o recorrer unos cientos de kilómetros para convertirse en alguien distinto.

La realidad, sin embargo, suele ser bastante menos complaciente, porque nuestra personalidad no se queda en casa cuando cerramos la puerta; viaja con nosotros y continúa interpretando cuanto sucede del mismo modo en que lo hace el resto del año.
Así, quien tiende al perfeccionismo seguirá esforzándose por controlar cada detalle del itinerario; la persona impaciente continuará desesperándose en las colas de un museo o en un atasco inesperado; quien acostumbra a anticipar problemas encontrará nuevos motivos para preocuparse, y quien tiene dificultades para expresar sus emociones probablemente tampoco las resolverá durante una estancia en la playa o en la montaña. Esta constatación no debería entenderse como una mala noticia, sino como una invitación a contemplarnos con mayor realismo, pues solo cuando reconocemos nuestros propios hábitos mentales podemos empezar a modificarlos de manera gradual y consciente.
En cierto sentido, las vacaciones actúan como un espejo que amplifica algunos rasgos de nuestro funcionamiento psicológico. Al desaparecer muchas de las obligaciones cotidianas, dejamos de estar distraídos por la rutina y aparecen con mayor claridad determinadas formas de pensar que durante el resto del año pasaban inadvertidas.

Algunas personas descubren entonces que les resulta muy difícil permanecer inactivas, otras comprueban que necesitan tener siempre un plan perfectamente organizado y no faltan quienes experimentan una incómoda sensación de vacío cuando dejan de recibir las constantes demandas del trabajo. El descanso, paradójicamente, exige también un aprendizaje.
El estrés también se toma vacaciones... a su manera
Los profesionales de la salud mental conocen desde hace tiempo un fenómeno curioso que suele sorprender a quienes lo experimentan por primera vez: después de varios meses sometidos a una intensa presión laboral, no es infrecuente que algunas personas comiencen a encontrarse peor precisamente cuando llegan las vacaciones. Dolores de cabeza, alteraciones digestivas, insomnio, irritabilidad o una llamativa sensación de apatía pueden aparecer justo en el momento en que, teóricamente, debería comenzar el bienestar. No se trata de una contradicción, sino de la consecuencia lógica de un organismo que necesita tiempo para adaptarse a un ritmo completamente distinto.

Durante meses, nuestro cerebro y nuestro cuerpo han funcionado bajo un determinado nivel de activación fisiológica; de repente, las obligaciones desaparecen, los horarios cambian y el sistema nervioso debe reajustarse. No resulta extraño, por tanto, que los primeros días de descanso no siempre sean los más placenteros. Conviene recordar que el organismo carece de un interruptor que permita pasar instantáneamente del estrés a la relajación, del mismo modo que un automóvil que circula a gran velocidad necesita cierta distancia para detenerse por completo. Aceptar esta transición con naturalidad evita añadir una preocupación innecesaria a un proceso perfectamente normal.
La convivencia intensiva: una prueba para cualquier relación
Si existe un aspecto de las vacaciones que merece especial atención desde el punto de vista psicológico, ese es, sin duda, la convivencia. Durante el resto del año compartimos con nuestra pareja o con nuestra familia unas pocas horas al día, generalmente condicionadas por las obligaciones laborales, escolares o domésticas; en verano, por el contrario, pasamos jornadas enteras juntos, tomando decisiones constantes sobre cuestiones tan diversas como la hora de levantarse, el destino de una excursión, el restaurante donde comer, el presupuesto disponible o el modo de distribuir el tiempo de descanso.

Cuantas más decisiones compartidas debemos adoptar, mayores son también las oportunidades para discrepar. Con frecuencia atribuimos esas discusiones a problemas profundos de la relación, cuando en realidad muchas obedecen simplemente al incremento de la interacción diaria. Dos personas pueden quererse sinceramente y, al mismo tiempo, tener preferencias muy distintas respecto a cómo desean organizar unas vacaciones. Una disfruta visitando monumentos desde primera hora de la mañana; la otra prefiere levantarse tarde y pasar largas horas leyendo frente al mar. Ninguna de las dos opciones es mejor que la otra; el conflicto aparece únicamente cuando cada uno interpreta que su forma de descansar es la única razonable y espera que el otro la adopte sin reservas.
La flexibilidad cognitiva constituye, en este contexto, una herramienta de enorme valor. Ser flexible no significa renunciar siempre a los propios deseos, sino comprender que existen diversas maneras legítimas de disfrutar del tiempo libre y que el bienestar compartido suele depender más de la capacidad para negociar que de imponer un criterio. Muchas discusiones estivales no nacen de grandes desacuerdos, sino de pequeñas rigideces acumuladas a lo largo de varios días; una concesión mutua realizada a tiempo suele resultar mucho más eficaz que un largo debate destinado a demostrar quién tenía razón.

Los niños también tienen derecho a aburrirse
Los hijos ocupan también un lugar destacado en esta dinámica. Muchos padres sienten una comprensible responsabilidad por ofrecerles unas vacaciones memorables y terminan organizando jornadas repletas de actividades, excursiones y propuestas de ocio, convencidos de que cualquier momento de aburrimiento constituye un fracaso educativo. Sin embargo, esta idea merece ser revisada, porque el aburrimiento ocasional no solo no resulta perjudicial, sino que puede desempeñar un importante papel en el desarrollo psicológico de los niños.
Cuando un menor dispone de tiempo no estructurado, sin un adulto organizando continuamente cada minuto de su jornada, tiene la oportunidad de poner en marcha recursos que durante el curso escolar apenas utiliza: inventa juegos, desarrolla su imaginación, aprende a tolerar la frustración, negocia con sus hermanos o amigos y descubre formas de entretenimiento que nacen de su propia iniciativa. Desde esta perspectiva, unas vacaciones completamente programadas, aunque estén llenas de actividades atractivas, pueden dejar poco espacio para esa creatividad espontánea que constituye uno de los ingredientes más valiosos de la infancia.

Quizá el mejor recuerdo de un verano no nazca siempre de una atracción espectacular o de una excursión cuidadosamente preparada, sino de aquellas largas tardes aparentemente vacías en las que el tiempo parecía discurrir despacio y cualquier rincón podía convertirse en el escenario de una aventura inolvidable.
Algunos problemas a solventar: perfeccionismo, discusiones, regularidad… y sentido del humor
Existe otro enemigo silencioso de unas vacaciones satisfactorias: el perfeccionismo. Hay personas que preparan el viaje con una minuciosidad admirable, comparan alojamientos durante semanas, estudian itinerarios, consultan previsiones meteorológicas y elaboran horarios casi imposibles de cumplir; una planificación razonable reduce la incertidumbre y evita muchos problemas, pero cuando se transforma en la necesidad de que todo suceda exactamente como estaba previsto acaba produciendo el efecto contrario al deseado. Basta un cambio de planes, una visita cancelada o una comida decepcionante para que toda la experiencia parezca estropearse.

Desde el enfoque cognitivo-conductual conviene recordar que la satisfacción depende mucho menos de la perfección de los acontecimientos que de nuestra capacidad para adaptarnos a ellos, una habilidad que no implica resignación, sino flexibilidad y sentido práctico.
Algo semejante ocurre con los conflictos, cuya aparición durante unas vacaciones no debería interpretarse como el síntoma de una mala relación. La convivencia intensiva hace inevitables las diferencias de criterio y, en realidad, el indicador más fiable de la calidad de una pareja o de una familia no es la ausencia de discusiones, sino la forma en que estas se resuelven. Expresar el desacuerdo sin descalificar al otro, hablar de conductas concretas en lugar de etiquetar su personalidad, escuchar antes de responder y saber pedir disculpas cuando sea necesario son estrategias sencillas cuya eficacia ha sido ampliamente respaldada por la investigación psicológica. A menudo, una conversación serena mantenida a tiempo evita que un pequeño desencuentro termine contaminando varios días de viaje.
Tampoco conviene identificar descanso con ausencia absoluta de hábitos. El verano invita, con razón, a relajar horarios y obligaciones, pero nuestro bienestar físico y emocional sigue beneficiándose de cierta regularidad en aspectos como el sueño, la alimentación o la actividad física.

No se trata de reproducir la disciplina del resto del año, sino de conservar algunos puntos de referencia que ayuden al organismo a mantener su equilibrio. Del mismo modo, reservar momentos libres de teléfono móvil y de redes sociales puede favorecer una presencia más plena en la experiencia que estamos viviendo, evitando la tentación de contemplar las vacaciones a través de la pantalla en lugar de hacerlo con nuestros propios sentidos.
Quizá uno de los recursos psicológicos más eficaces para afrontar los inevitables contratiempos del verano sea el sentido del humor. Reírnos de un error de navegación, de una tormenta inesperada o de una maleta que llegó un día más tarde no elimina el inconveniente, pero modifica profundamente nuestra relación con él; el humor reduce la tensión emocional, facilita la cooperación entre quienes viajan juntos y ayuda a colocar cada incidente en su verdadera dimensión. De hecho, muchas familias descubren, al recordar años después unas vacaciones aparentemente desastrosas, que son precisamente aquellos pequeños percances los que terminaron convirtiéndose en las anécdotas más entrañables y repetidas.

El arte de aceptar lo que no podemos controlar
En el fondo, todas estas recomendaciones pueden resumirse en una idea que ocupa un lugar central en la psicología cognitivo-conductual: distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que escapa a nuestro control. Podemos preparar bien el viaje, organizar el equipaje, cuidar nuestras formas de comunicarnos y decidir con qué actitud responderemos a los imprevistos; no podemos impedir un retraso aéreo, cambiar el tiempo atmosférico, evitar todas las averías o conseguir que las demás personas reaccionen siempre como nos gustaría.
Cuanto más esfuerzo dedicamos a controlar lo incontrolable, mayor suele ser nuestra frustración; cuanto más concentramos nuestra energía en aquello que realmente depende de nosotros, más probabilidades tenemos de conservar el equilibrio emocional incluso cuando las circunstancias se complican.

Las vacaciones no necesitan ser perfectas para resultar valiosas. Bastará con que nos permitan descansar, fortalecer los vínculos con quienes nos acompañan, descubrir lugares o experiencias nuevas y regresar con la sensación de haber vivido unos días auténticos, en los que hubo momentos excelentes, otros simplemente agradables y también algunos contratiempos afrontados con serenidad. Quizá ese sea, después de todo, el mejor indicador de salud psicológica: comprender que la felicidad no consiste en eliminar las dificultades de la vida, tampoco durante el verano, sino en desarrollar la suficiente flexibilidad para que ninguna de ellas nos impida disfrutar de lo esencial.
Cuando aceptamos esta realidad, dejamos de perseguir unas vacaciones imaginarias y empezamos, por fin, a disfrutar de las únicas que realmente existen: las nuestras.
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Artículo muy útil, pero ¿y los mosquitos? ¿Cómo sobrellevamos los mosquitos, a ver?